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XXIX . Post nubila . . . Diana — ¿ Qué escándalo es este ? — dijo al fin una voz tranquila , majestuosa y de gracioso timbre , resonando encima de aquella baraúnda . Todos levantaron la cabeza , y vieron a una mujer vestida de negro , asomada al balcón principal del edificio . — ¡ La Señora ! — dijeron los criados , suspendiendo la retreta de palos . — ¡ Mi mujer ! — tartamudeó D . Eugenio . — Que pasen esos rústicos . . . — El señor Corregidor dice que lo permite . . . — agregó la Corregidora . Los criados cedieron el paso , y el de Zúñiga y sus acompañantes penetraron en el portal y tomaron por la escalera arriba . Ningún reo ha subido al patíbulo con paso tan inseguro y semblante tan demudado como el Corregidor subía las escaleras de su casa . — Sin embargo , la idea de su deshonra principiaba ya a descollar , con noble egoísmo , por encima de todos los infortunios que había causado y que lo afligían y sobre las demás ridiculeces de la situación en que se hallaba . . . — ¡ Antes que todo ( iba pensando ) , soy un Zúñiga y un Ponce de León ! . . . ¡ Ay de aquellos que lo hayan echado en olvido ! ¡ Ay de mi mujer , si ha mancillado mi nombre ! XXX . Una señora de clase La Corregidora recibió a su esposo y a la rústica comitiva en el salón principal del Corregimiento . Estaba sola , de pie , y con los ojos clavados en la puerta . Érase una principalísima dama , bastante joven todavía , de plácida y severa hermosura , más propia del pincel cristiano que del cincel gentílico , y estaba vestida con toda la nobleza y seriedad que consentía el gusto de la época . Su traje , de corta y estrecha falda y mangas huecas y subidas , era de alepín negro : una pañoleta de blonda blanca , algo amarillenta , velaba sus admirables hombros , y larguísimos maniquetes o mitones de tul negro cubrían la mayor parte de sus alabastrinos brazos . Abanicábase majestuosamente con un pericón enorme , traído de las islas Filipinas , y empuñaba con la otra mano un pañuelo de encaje , cuyos cuatro picos colgaban simétricamente con una regularidad sólo comparable a la de su actitud y menores movimientos . Aquella hermosa mujer tenía algo de reina y mucho de abadesa , e infundía por ende veneración y miedo a cuantos la miraban . Por lo demás , el atildamiento de su traje a semejante hora , la gravedad de su continente y las muchas luces que alumbraban el salón , demostraban que la Corregidora se había esmerado en dar a aquella escena una solemnidad teatral y un tinte ceremonioso que contrastasen con el carácter villano y grosero de la aventura de su marido . Advertiremos , finalmente , que aquella señora se llamaba Doña Mercedes Carrillo de Albornoz y Espinosa de los Monteros , y que era hija , nieta , biznieta , tataranieta y hasta vigésima nieta de la Ciudad , como descendiente de sus ilustres conquistadores . — Su familia , por razones de vanidad mundana , la había inducido a casarse con el viejo y acaudalado Corregidor , y ella , que de otro modo hubiera sido monja , pues su vocación natural la iba llevando al claustro , consintió en aquel doloroso sacrificio . A la sazón tenía ya dos vástagos del arriscado madrileño , y aún se susurraba que había otra vez moros en la costa . . . Conque volvamos a nuestro cuento .
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