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— ¡ Dios te guarde , Frasquita ! ¿ Le has enviado ya a tu sobrino el nombramiento ? ¡ Hubo que ver entonces a la navarra ! — Tirose la mantilla atrás , levantó la frente con soberanía de leona , y , clavando en el falso Corregidor dos ojos como dos puñales : — ¡ Te desprecio , Lucas ! — le dijo en mitad de la cara . Todos creyeron que le había escupido . ¡ Tal gesto , tal ademán y tal tono de voz acentuaron aquella frase ! El rostro del Molinero se transfiguró al oír la voz de su mujer . Una especie de inspiración , semejante a la de la fe religiosa , había penetrado en su alma , inundándola de luz y de alegría . . . Así es que , olvidándose por un momento de cuanto había visto y creído ver en el molino , exclamó , con las lágrimas en los ojos y la sinceridad en los labios : — ¿ Conque tú eres mi Frasquita ? — ¡ No ! ( respondió la navarra fuera de sí ) . ¡ Yo no soy ya tu Frasquita ! — Yo soy . . . ¡ Pregúntaselo a tus hazañas de esta noche , y ellas te dirán lo que has hecho del corazón que tanto te quería ! . . . Y se echó a llorar , como una montaña de hielo que se hunde y principia a derretirse . La Corregidora se adelantó hacia ella sin poder contenerse , y la estrechó en sus brazos con el mayor cariño . La señá Frasquita se puso entonces a besarla , sin saber tampoco lo que se hacía , diciéndole entre sus sollozos , como una niña que busca amparo en su madre : — ¡ Señora , señora ! ¡ Qué desgraciada soy ! — ¡ No tanto como V . se figura ! — contestábale la Corregidora , llorando también generosamente . — ¡ Yo sí que soy desgraciado ! — gemía al mismo tiempo el tío Lucas , andando a puñetazos con sus lágrimas , como avergonzado de verterlas . — Pues ¿ y yo ? ( prorrumpió al fin Don Eugenio , sintiéndose ablandado por el contagioso lloro de los demás , o esperando salvarse también por la vía húmeda ; quiero decir , por la vía del llanto ) . — ¡ Ah , yo soy un pícaro ! ¡ un monstruo ! ¡ un calavera deshecho , que ha llevado su merecido ! Y rompió a berrear tristemente , abrazado a la barriga del Sr . Juan López . Y éste y los criados lloraban de igual manera , y todo parecía concluido , y , sin embargo , nadie se había explicado . XXXIII . Pues ¿ y tú ? El tío Lucas fue el primero que salió a flote en aquel mar de lágrimas . Era que empezaba a acordarse otra vez de lo que había visto por el ojo de la llave . — ¡ Señores , vamos a cuentas ! . . . dijo de pronto . — No hay cuentas que valgan , tío Lucas . . . ( exclamó la Corregidora ) . — ¡ Su mujer de V . es una bendita ! — Bien . . . , sí . . ; pero . . . — ¡ Nada de pero ! . . . Déjela V . hablar , y verá cómo se justifica . — Desde que la vi , me dio el corazón que era una santa , a pesar de todo lo que V . me había contado . . . — ¡ Bueno ; que hable ! . . . — dijo el tío Lucas . — ¡ Yo no hablo ! ( contestó la Molinera ) . ¡ El que tiene que hablar eres tú ! . . . Porque la verdad es que tú . . . Y la señá Frasquita no dijo más , por impedírselo el invencible respeto que le inspiraba la Corregidora . — Pues ¿ y tú ? — respondió el tío Lucas , perdiendo de nuevo toda fe .
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