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Abel le cojió las dos manos en las recias suyas , se las llevó a la boca y las besó alargadamente . Y luego en la boca . . . — Estate quieto , Abel ! — Tienes razón , Helena , no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaquín . . . — Pobre ? No es más que un envidioso ! — Pero hay envidias , Helena . . . — Que se fastidie ! Y después de una pausa llena de un negro silencio : — Por supuesto , le convidaremos a la boda . . . — Helena ! — Y qué mal hay en ello ? Es mi primo , tu primer amigo , a él debemos el habernos conocido . Y si no le convidas tú , le convidaré yo . Que no va ? Mejor ! Que va ? Mejor que mejor ! V Al anunciar Abel a Joaquín su casamiento , éste dijo : — Así tenía que ser . Tal para cual . — Pero bien comprendes . . . — Sí , lo comprendo , no me creas un demente o un furioso ; lo comprendo , está bien , que seáis felices . . . Yo no lo podré ser ya . . . — Pero , Joaquín , por Dios , por lo que más quieras . . . — Basta y no hablemos más de ello . Haz feliz a Helena y que ella te haga feliz . . . Os he perdonado ya . . . — De veras ? — Sí , de veras . Quiero perdonaros . Me buscaré mi vida . — Entonces me atrevo a convidarte a la boda , en mi nombre . . . — Y en el de ella , eh ? — Sí , en el de ella también . — Lo comprendo . Iré a realzar vuestra dicha . Iré . Como regalo de boda mandó Joaquín a Abel un par de magníficas pistolas damasquinadas , como para un artista . — Son para que te pegues un tiro cuando te canses de mí — le dijo Helena a su futuro marido . — Qué cosas tienes , mujer ! — Quién sabe sus intenciones . . . Se pasa la vida tramándolas . . . « En los días que siguieron a aquel en que me dijo que se casaban — escribió en su Confesión Joaquín — sentí como si el alma toda se me helase . Y el hielo me apretaba el corazón . Eran como llamas de hielo . Me costaba respirar . El odio a Helena , y sobre todo , a Abel , porque era odio , odio frío cuyas raíces me llenaban el ánimo , se me había empedernido . No era una mala planta , era un témpano que se me había clavado en el alma ; era , más bien , mi alma toda congelada en aquel odio . Y un hielo tan cristalino , que lo veía todo a su través con una claridad perfecta . Me daba acabada cuenta de que razón , lo que se llama razón , eran ellos los que la tenían ; que yo no podía alegar derecho alguno sobre ella ; que no se debe ni se puede forzar el afecto de una mujer , que , pues se querían , debían unirse . Pero sentía también confusamente que fuí yo quien les llevó , no sólo a conocerse , sino a quererse , que fué por desprecio a mí por lo que se entendieron , que en la resolución de Helena entraba por mucho el hacerme rabiar y sufrir , el darme dentera , el rebajarme a Abel , y en la de éste el soberano egoísmo que nunca le dejó sentir el sufrimiento ajeno . Ingenuamente , sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros .
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