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Gallardo quiso saber la situación y el nombre del cortijo . — Se llama La Rinconada . Cumplíanse sus deseos . Cuando Gallardo fue con su esposa y su madre a tomar posesión del cortijo , les enseñó el pajar en que había dormido con sus compañeros de miseria errante , la pieza en que había comido con el amo y la placita donde estoqueó un becerro , ganando por primera vez el derecho a viajar en tren sin tener que esconderse bajo los asientos . III En las noches de invierno , cuando Gallardo no estaba en La Rinconada , reuníanse una tertulia de amigos en el comedor de su casa luego de cenar . Llegaban de los primeros el talabartero y su mujer , que tenían siempre dos de sus hijos en casa del espada . Carmen , como si quisiera olvidar su esterilidad y la molestase el silencio de la gran casa , retenía junto a ella a los hijos menores de su cuñada . Estos , por cariño espontáneo y por indicaciones de sus padres , acariciaban a todas horas con besos y arrullos gatunos a la hermosa tía y al tío generoso y popular . Encarnación , tan gruesa como su madre , con el vientre flácido por la incesante procreación y la boca un poco bigotuda al entrar en años , sonreía servilmente a su cuñada , lamentando las molestias que la daban los niños . Pero antes de que Carmen pudiese hablar , intervenía el talabartero . — Déjalos , mujer . ¡ Quieren tanto a sus tíos ! La pequeña no puede vivir sin su tiíta Carmen . . . Y los dos sobrinos permanecían allí como en su propia casa , adivinando en su malicia infantil lo que de ellos esperaban sus padres , extremando las caricias y mimos con aquellos parientes ricos , de los que oían hablar a todos con respeto . Así que acababa la cena , besaban la mano a la señora Angustias y a sus padres y se arrojaban al cuello de Gallardo y su mujer , saliendo del comedor para ir a la cama . La abuela ocupaba un sillón en la cabecera de la mesa . Cuando el espada tenía convidados , gentes casi siempre de cierta posición social , la buena mujer resistíase a sentarse en el sitio de honor . — No — protestaba Gallardo — . La mamita en la presidensia . Siéntese ahí , mamá , o no comemos . Y la conducía de un brazo , acariciándola con extremos amorosos , como si quisiera resarcirla de los años de infancia vagabunda que habían sido su tormento . Cuando por las noches llegaba el Nacional a pasar un rato en casa del maestro , como si esta visita fuese un deber de subordinación , la tertulia parecía animarse . Gallardo , vistiendo rica zamarra , como un señor del campo , la cabeza descubierta y la coleta alisada hasta cerca de la frente , recibía a su banderillero con zumbona amabilidad . ¿ Qué decían los de la afición ? ¿ Qué mentiras circulaban ? . . . ¿ Cómo marchaba « eso » de la República ? — Garabato , dale a Sebastián una copa de vino . Pero Sebastián el Nacional repelía el obsequio . Nada de vino ; él no bebía . El vino era el culpable del atraso de la clase jornalera . Y toda la tertulia , al oír esto , rompía a reír , como si hubiese dicho algo graciosísimo que estaba esperando . Comenzaba el banderillero a soltar de las suyas .
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