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El torero rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y avanzó hacia el jinete , tendiéndole con disimulo unos papeles arrugados dentro de su mano . — ¿ Qué es eso ? — dijo el bandido — . ¿ Dinero ? . . . Grasias , señó Juan . A usté le han dicho que hay que darme argo cuando me voy de un cortijo ; pero eso es pa los otros , pa los ricos que ganan er dinero de rositas . Usté lo gana exponiendo la vía . Somos compañeros . Guárdeselo , señó Juan . El señor Juan se guardó los billetes , algo contrariado por esta negativa del bandido , que se empeñaba en tratarle como a un compañero . — Ya me brindará usté un toro si arguna vez nos vemos en la plaza — añadió el Plumitas — . Eso vale más que too el oro der mundo . Avanzó doña Sol hasta colocarse junto a una pierna del jinete , y quitándose una rosa de otoño que llevaba en el pecho , se la ofreció mudamente , mirándolo con sus ojos verdes y dorados . — ¿ Es pa mí ? — preguntó el bandido con una entonación de sorpresa y asombro — . ¿ Pa mí , señora marquesa ? Al ver el movimiento afirmativo de la señora , tomó la flor con embarazo , manejándola torpemente , como si fuese de abrumadora pesadez , no sabiendo dónde colocarla , hasta que al fin la introdujo en un ojal de su blusa , entre los dos extremos del pañuelo rojo que llevaba al cuello . — ¡ Esto sí que es güeno ! — exclamaba , ensanchando con una sonrisa su faz carillena — . En la vía me ha pasao na igual . El rudo jinete parecía conmovido y turbado al mismo tiempo por el carácter femenil del presente . ¡ Rositas a él ! . . . Tiró de las riendas de la jaca . — Salú a toos , cabayeros . Hasta que nos gorvamos a ve . . . Salú , güen mozo . Arguna vez te echaré un cigarro si pones una güena vara . Se despidió dando un rudo manotón al picador , y el centauro le contestó con un puñetazo en un muslo que hizo temblar la recia musculatura del bandido . ¡ Qué Plumitas tan simpático ! . . . Potaje , en la ternura de su embriaguez , quería irse al monte con él . — ¡ Adió ! ¡ adió ! Y picando espuelas a la jaca , salió a trote largo del cortijo . Gallardo mostrábase satisfecho al ver que se alejaba . Después miró a doña Sol , que permanecía inmóvil , siguiendo con los ojos al jinete , el cual se empequeñecía en lontananza . — ¡ Qué mujer ! — murmuró el espada con desaliento — . ¡ Qué señora tan loca ! . . . Suerte que el Plumitas era feo y andaba haraposo y sucio como un vagabundo . Si no , se va con él . VI — Paece mentira , Sebastián . Un hombre como tú , con mujer y con hijos , prestarte a esas alcahueterías . . . ¡ Yo que te creía otro y tenía la confiansa en ti cuando salías de viaje con Juaniyo ! ¡ Yo que me queaba tranquila porque iba con una persona de carácter ! . . . ¿ Aónde están toas esas cosas de tus ideas y tu religión ? ¿ Es que eso lo manda la reunión de judíos que os juntáis en casa de don Joselito el maestro ?
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