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IX En aquellos días recibió Gallardo varias cartas de don José y de Carmen . El apoderado pretendía infundir ánimos a su matador , aconsejándole , como siempre , que se fuese recto al toro . . . « ¡ Zas ! estocada y te lo metes en el bolsillo » ; pero al través de su entusiasmo notábase cierto desaliento , como si empezara a cuartearse su fe y dudase ya de si Gallardo era « el primer hombre del mundo » . Tenía noticias del descontento y la hostilidad con que le acogían los públicos . La última corrida en Madrid había acabado de descorazonar a don José . No ; Gallardo no era como otros espadas que siguen adelante al través de las silbas del público , dándose por satisfechos con ganar dinero . Su matador tenía vergüenza torera , y sólo podía mostrarse en el redondel para ser acogido con grandes entusiasmos . Quedar medianamente equivalía a una derrota . La gente estaba habituada a admirarle por su valor temerario , y todo lo que no fuese perseverar en tales audacias representaba un fracaso . Don José pretendía saber lo que le ocurría a su espada . ¿ Falta de valor ? . . . Eso nunca . Antes se dejaría matar que reconocer este defecto en su héroe . Era que se sentía cansado , que aún no estaba repuesto de su cogida . « Y para esto — aconsejaba en todas sus cartas — es mejor que te retires y descanses una temporada . Después volverás a torear , siendo el de siempre . . . » El se ofrecía para arreglarlo todo . Un certificado de los médicos bastaba para acreditar su inutilidad momentánea , y el apoderado se pondría de acuerdo con los empresarios de las plazas para resolver las contratas pendientes , enviando un matador de los que empiezan , el cual sustituiría a Gallardo por una modesta cantidad . Aún ganarían dinero con este arreglo . Carmen era más vehemente en sus peticiones , no usando de los eufemismos del apoderado . Debía retirarse en seguida ; debía « cortarse la coleta » , como decían los de su oficio , yendo a pasar la vida tranquilamente en La Rinconada o en la casa de Sevilla con los de su familia , que eran los únicos que le querían de veras . No podía sosegar ; tenía ahora más miedo que en los primeros años de casamiento , cuando las corridas eran para ella como pedazos de existencia que le arrancaban la inquietud y la temerosa espera . Le decía el corazón , con ese instinto femenil pocas veces erróneo en sus temores , que iba a ocurrir algo grave . Apenas dormía ; pensaba con miedo en las horas de la noche cortadas por sangrientas visiones .
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