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— Bueno , mira , no hagas caso de esas cosas , hijo mío . . . Y cuando luego llegó Ramiro , el padre , le llamó aparte y severamente le dijo : — No andes diciéndole al niño esas cosas . No le digas que yo no soy todavía más que su tía , la tía Tula , y que seré su mamá . Eso es corromperle , eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver . Y si lo haces por influir con él sobre mí , si lo haces por moverme . . . — Me dijiste que te tomabas un plazo . . . — Bueno , si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu hijo , un papel de . . . — ¡ Bueno , calla ! — Las palabras no me asustan , pero lo callaré . Y tú piensa en Rosa , recuerda a Rosa , ¡ tu primer . . . amor ! — ¡ Tula ! — Basta . Y no busques madrasta para tus hijos , que tienen madre . XI « Esto necesita campo » — se dijo Gertrudis , e indicó a Ramiro la conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito costero que tuviese montaña , dominando al mar y por éste dominada . Buscó un lugar que no fuese muy de moda , pero donde Ramiro pudiese encontrar compañeros de tresillo , pues tampoco le quería obligado a la continua compañía de los suyos . Era un género de soledad a que Gertrudis temía . Allí todos los días salían de paseo , por la montaña , dando vista al mar , entre madroñales , ellos dos , Gertrudis y Ramiro , y los tres niños : Ramirín , Rosita y Elvira . Jamás , ni aun allí donde no los conocían — es decir , allí menos — se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con su cuñado , solos los dos . Al llegar a un punto en que un tronco tendido en tierra , junto al sendero , ofrecía , a modo de banco rústico , asiento , sentábanse en él ellos dos , cara al mar , mientras los niños jugaban allí cerca , lo más cerca posible . Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran en el suelo , sobre la yerba montañesa , Gertrudis le contestó : « ¡ No , en el suelo , no ! yo no me siento en el suelo , sobre la tierra , y menos junto a ti y ante los niños . . . » « Pero si el suelo está limpio . . . si hay yerba . . . » « ¡ Te he dicho que no me siento así ! » « No , la postura no es cómoda . . . » « ¡ Peor que incómoda ! » Desde aquel tronco , mirando al mar , hablaban de mil nonadas , pues en cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto tácito ya vedado de hablar entre ellos , la tía tenía en la boca un « ¡ Ramirín ! » o « ¡ Rosita ! » o « ¡ Elvira ! » Le hablaba ella del mar y eran sus palabras , que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas , como la letra vaga de un canto de cuna para el alma . Gertrudis estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela . No le miraba casi nunca entonces , miraba al mar ; pero en él , en el mar , veía reflejada por misterioso modo la mirada del hombre . El mar purísimo les unía las miradas y las almas .
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