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— ¡ Niño , sí ! ¡ Chiquillo , no ! — ¿ Y en qué se le distingue al niño del chiquillo . . . ? — ¿ En qué ? En la manera de jugar . — ¿ Cómo juega el chiquillo ? — El chiquillo juega a persona mayor . Los niños no son , como los mayores , ni hombres ni mujeres , sino que son como los ángeles . Recuerdo haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el niño no es ni masculino ni femenino , sino neutro . . . — Sí — añadió Enrique — en alemán . Y la señorita es neutro . . . — Pues esta señorita — dijo Manolita intentando , sin conseguirlo , teñir de una sonrisa estas palabras — no es neutra . . . — ¡ Claro que no soy neutra ; pues no faltaba más . . . ! — ¡ Pero bueno , nada de chiquilladas ! — Chiquilladas , no ; niñerías , eso , ¿ no es eso ? — ¡ Eso es ! — Bueno , ¿ y en qué las conoceremos ? — Basta , que no quiero deciros más . ¿ Para qué ? Porque hay cosas que al tratar de decirlas se ponen más oscuras . . . — Bien , bien , tiíta — exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso — , no te enfades así . . . ¿ Verdad que no te enfadas , tiíta . . . ? — No ; y menos porque me llames tiíta . . . — Si lo hacía sin intención . . . — Lo sé ; pero eso es lo peligroso . Porque la intención viene después . . . Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cojiendo a la otra , a la hermanastra , por debajo de un brazo , se la llevó consigo . Y Manolita , viéndoles alejarse , quedó diciéndose : « ¿ Chiquillos ? ¡ En efecto , chiquillos ! ¿ Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho ? ¿ He hecho bien , Tía ? » — e invocaba mentalmente a la Tía . — « La intención viene después . . . ¿ No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles una intención que les falta ? Pero , ¡ no , no ! ¡ Que no jueguen así ! ¡ Porque están jugando . . . ! ¡ Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a él ! » XXV El otro grupo lo formaban en la familia , no Rosita y Ramiro , sino la mujer de éste , Caridad , y aquella su cuñada . Aunque en rigor era Rosita la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas , sus aprensiones , sus suspicacias . Porque iba , por lo común , a quejarse . Creíase , o al menos aparentaba creer , que era la desdeñada y la no comprendida . Poníase triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que tenía , y como nadie se lo preguntaba sufría con ello . Y menos que los otros hermanos se lo preguntaba Manolita , que se decía : « Si tiene algo de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en ella , ya reventará ! » Y la preocupada sufría con ello . A su cuñada , a Caridad , le iba sobre todo con quejas de su marido ; complacíase en acusar a éste , a Ramiro , de egoísta . Y la mujer le oía pacientemente y sin saber qué decirle . — Yo no sé , Manuela — le decía a ésta Caridad , su cuñada — qué hacer con Rosa . . . Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro : que si es un orgulloso , que si un egoísta , que si un distraído . . . — ¡ Llévale la hebra y dile que sí !
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