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— ¡ Pero qué de prisa vas . . . ! — y volvió a esforzarse a reirse . — Es que hay que ir de prisa , porque la vida es corta . — ¡ La vida es corta ! ¡ y lo dice a los veintidós años ! — Más corta aún . Pues bien , ¿ piensas casarte con Rosa , sí o no ? — ¡ Pues qué duda cabe ! — y al decirlo le temblaba el cuerpo todo . — Pues si piensas casarte con ella , ¿ por qué diferirlo así ? — Somos aún jóvenes . . . — ¡ Mejor ! — Tenemos que probarnos . . . — ¿ Qué , qué es eso ? ¿ qué es eso de probaros ? ¿ Crees que la conocerás mejor dentro de un año ? Peor , mucho peor . . . — Y si luego . . . — ¡ No pensaste en eso al pedir la entrada aquí ! — Pero , Tula . . . — ¡ Nada de Tula ! ¿ La quieres , sí o no ? — ¿ Puedes dudarlo , Tula ? — ¡ Te he dicho que nada de Tula ! ¿ La quieres ? — ¡ Claro que la quiero ! — Pues la querrás más todavía . Será una buena mujer para ti . Haréis un buen matrimonio . — Y con tu consejo . . . — Nada de consejo . ¡ Yo haré una buena tía , y basta ! Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase algo , y al cabo , con un gesto de desesperada resolución , exclamó : — ¡ Pues bien , Gertrudis , quiero decirte toda la verdad ! — No tienes que decirme más verdad — le atajó severamente — ; me has dicho que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella ; todo lo demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os caséis . — Pero hay cosas . . . — No , no hay cosas que no se deba decir a la mujer . . . — ¡ Pero , Tula ! — Nada de Tula , te he dicho . Si la quieres , a casarte con ella , y si no la quieres , estás de más en esta casa . Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba el corazón . Siguió a ellas un silencio de hielo , y durante él la sangre , antes represada y ahora suelta , le encendió la cara a la hermana . Y entonces , en el silencio agorero , podía oírsele el galope trepidante del corazón . Al siguiente día se fijaba el de la boda . III Don Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa . Y nadie estuvo en ella más alegre que lo estuvo Gertrudis . A tal punto , que su alegría sorprendió a cuantos la conocían , sin que faltara quien creyese que tenía muy poco de natural . Fuéronse a su casa los recién casados , y Rosa reclamaba a ella de continuo la presencia de su hermana . Gertrudis le replicaba que a los novios les convenía soledad . — Pero si es al contrario , hija , si nunca he sentido más tu falta ; ahora es cuando comprendo lo que te quería . Y poníase a abrazarla y besuquearla . — Sí , sí — le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente — ; vuestra felicidad necesita de testigos ; se os acrecienta la dicha sabiendo que otros se dan cuenta de ella . Ibase , pues , de cuando en cuando a hacerles compañía ; a comer con ellos alguna vez . Su hermana le hacía las más ostentosas demostraciones de cariño , y luego a su marido , que , por su parte , aparecía como avergonzado ante su cuñada .
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