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— O los inventa . . . — ¿ Qué , es que crees que me deja aposta ? ¿ Es que sabes algo ? ¡ Dilo , Tula , por lo que más quieras , por nuestra madre dímelo ! — No , es que os aburrís de vuestra felicidad y de vuestra soledad . Ya le echarás el perro o si no te darán antojos , y será peor . — No digas esas cosas . — Te darán antojos — replicó con más firmeza . Y cuando al fin fué un día a decirle que había regalado el perrito , Gertrudis , sonriendo gravemente y acariciándola como a una niña , le preguntó al oído : « ¿ Por miedo a los antojos , eh ? » Y al oir en respuesta un susurrado « ¡ sí ! » abrazó a su hermana con una efusión de que ésta no la creía capaz . — Ahora va de veras , Rosa ; ahora no os aburriréis de la felicidad ni de la soledad y tendrá varios asuntos tu marido . Esto era lo que os faltaba . . . — Y acaso lo que te faltaba . . . ¿ no es así , hermanita ? — ¿ Y a ti quién te ha dicho eso ? — Mira , aunque soy tan tonta , como he vivido siempre contigo . . . — ¡ Bueno , déjate de bromas ! Y desde entonces empezó Gertrudis a frecuentar más la casa de su hermana . IV En el parto de Rosa , que fué durísimo , nadie estuvo más serena y valerosa que Gertrudis . Creeríase que era una veterana en asistir a trances tales . Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la cría que hubiera de salir , y el médico llegó a hablar de sacársela viva o muerta . — ¿ Muerta ? — exclamó Gertrudis — ; ¡ eso sí que no ! — ¿ Pero no ve usted — exclamó el médico — que aunque se muera el crío queda la madre para hacer otros , mientras que si se muere ella no es lo mismo ? Pasó rápidamente por el magín de Gertrudis replicarle que quedaban otras madres , pero se contuvo e insistió : — Muerta , ¡ no ! , ¡ nunca ! Y hay , además , que salvar un alma . La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna . Hasta que , rendida al combate , dió a luz un niño . Recojiólo Gertrudis con avidez , y como si nunca hubiera hecho otra cosa lo lavó y envolvió en sus pañales . — Es usted comadrona de nacimiento — le dijo el médico . Tomó la criaturita y se la llevó a su padre , que en un rincón , aterrado y como contrito de una falta , aguardaba la noticia de la muerte de su mujer . — ¡ Aquí tienes tu primer hijo , Ramiro ; mírale qué hermoso ! Pero al levantar la vista el padre , libre del peso de su angustia , no vió sino los ojazos de su cuñada , que irradiaban una luz nueva , más negra pero más brillante que la de antes . Y al ir a besar a aquel rollo de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla , encendida , con la de Gertrudis . — Ahora — le dijo tranquilamente ésta — ve a dar las gracias a tu mujer , a pedirle perdón y a animarla . — ¿ A pedirle perdón ? — Sí , a pedirle perdón . — ¿ Y por qué ?
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