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Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia , no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere , que aún estaba abierto sobre una de las mesas . In peccatis concepit me mater mea . Estas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista , y que parecía mofarse de mí con sus notas , sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música . Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo . ¿ Quién sabe si no serán una locura ? LAS HOJAS SECAS El sol se había puesto : las nubes , que cruzaban hechas girones sobre mi cabeza , iban á amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano . El viento frío de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas á mis pies . Yo estaba sentado al borde de un camino , por donde siempre vuelven menos de los que van . No sé en qué pensaba , si en efecto pensaba entonces en alguna cosa . Mi alma temblaba á punto de lanzarse al espacio , como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo . Hay momentos en que , merced á una serie de abstracciones , el espíritu se sustrae á cuanto le rodea , y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre . Hay otros en que se desliga de la carne , pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la naturaleza , se relaciona con su modo de ser , y traduce su incomprensible lenguaje . Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos , cuando solo y en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí . Eran dos hojas secas las que hablaban , y éste , poco más ó menos , su extraño diálogo : — ¿ De dónde vienes , hermana ? — Vengo de rodar con el torbellino , envuelta en la nube del polvo y de las hojas secas nuestras compañeras , á lo largo de la interminable llanura . ¿ Y tú ? — Yo he seguido algún tiempo la corriente del río , hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla . — ¿ Y adónde vas ? — No lo sé : ¿ lo sabe acaso el viento que me empuja ? — ¡ Ay ! ¿ Quién diría que habíamos de acabar amarillas y secas arrastrándonos por la tierra , nosotras que vivimos vestidas de color y de luz meciéndonos en el aire ? — ¿ Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos ; de aquella apacible mañana en que , roto el hinchado botón que nos servía de cuna , nos desplegamos al templado beso del sol como un abanico de esmeraldas ? — ¡ Oh ! ¡ Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa á aquella altura , bebiendo por todos los poros el aire y la luz ! — ¡ Oh ! ¡ Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso tronco que nos sustentaba , aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul del cielo , de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules !
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