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¡ Qué mudado va Vd . a encontrarme ! ¡ Qué lleno de amargura mi corazón ! ¡ Cuán perdida la inocencia ! ¡ Qué herida y qué lastimada mi alma ! - II - Paralipómenos No hay más cartas de D . Luis de Vargas que las que hemos transcrito . Nos quedaríamos , pues , sin averiguar el término que tuvieron estos amores , y esta sencilla y apasionada historia no acabaría , si un sujeto , perfectamente enterado de todo , no hubiese compuesto la relación que sigue . Nadie extrañó en el lugar la indisposición de Pepita , ni menos pensó en buscarle una causa que sólo nosotros , ella , D . Luis , el señor deán y la discreta Antoñona , sabemos hasta lo presente . Más bien hubieran podido extrañarse la vida alegre , las tertulias diarias y hasta los paseos campestres de Pepita , durante algún tiempo . El que volviese Pepita a su retiro habitual era naturalísimo . Su amor por D . Luis , tan silencioso y tan reconcentrado , se ocultó a las miradas investigadoras de doña Casilda , de Currito y de todos los personajes del lugar que en las cartas de don Luis se nombran . Menos podía saberlo el vulgo . A nadie le cabía en la cabeza , a nadie le pasaba por la imaginación , que el teólogo , el santo , como llamaban a D . Luis , rivalizase con su padre , y hubiera conseguido lo que no había conseguido el terrible y poderoso D . Pedro de Vargas : enamorar a la linda , elegante , esquiva y zahareña viudita . A pesar de la familiaridad que las señoras de lugar tienen con sus criadas , Pepita nada había dejado traslucir a ninguna de las suyas . Sólo Antoñona , que era un lince para todo , y más aún para las cosas de su niña , había penetrado el misterio . Antoñona no calló a Pepita su descubrimiento , y Pepita no acertó a negar la verdad a aquella mujer que la había criado , que la idolatraba , y que , si bien se complacía en descubrir y referir cuanto pasa en el pueblo , siendo modelo de maldicientes , era sigilosa y leal como pocas para lo que importaba a su dueño . De esta suerte se hizo Antoñona la confidenta de Pepita , la cual hallaba gran consuelo en desahogar su corazón con quien , si era vulgar o grosera en la expresión o en el lenguaje , no lo era en los sentimientos y en las ideas que expresaba y formulaba . Por lo dicho se explican las visitas de Antoñona a D . Luis , sus palabras , y hasta los feroces , poco respetuosos y mal colocados pellizcos , con que maceró sus carnes y atormentó su dignidad la última vez que estuvo a verle . Pepita , no sólo no había excitado a Antoñona a que fuese a D . Luis con embajadas , pero ni sabía siquiera que hubiese ido . Antoñona había tomado la iniciativa y había hecho papel en este asunto , porque así lo quiso . Como ya se dijo , se había enterado de todo con perspicacia maravillosa .
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