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— ¡ Bien , muy bien ! Así te quiero yo , enérgica , valiente . — ¡ Ay , padre mío ! Dios ha derribado mi soberbia con este golpe ; mi engreimiento era insolentísimo , y han sido indispensables los desdenes de ese hombre para que sea yo todo lo humilde que debo . ¿ Puedo estar más postrada ni más resignada ? Tiene razón D . Luis : yo no le merezco . ¿ Cómo , por más esfuerzos que hiciera , habría yo de elevarme hasta él , y comprenderle , y poner en perfecta comunicación mi espíritu con el suyo ? Yo soy zafia aldeana , inculta , necia ; él no hay ciencia que no comprenda , ni arcano que ignore , ni esfera encumbrada del mundo intelectual a donde no suba . Allá se remonta en alas de su genio , y a mí , pobre y vulgar mujer , me deja por acá , en este bajo suelo , incapaz de seguirle ni siquiera con una levísima esperanza y con mis desconsolados suspiros . — Pero Pepita , por los clavos de Cristo , no digas eso ni lo pienses . ¡ Si D . Luis no te desdeña por zafia , ni porque es muy sabio y tú no le entiendes , ni por esas majaderías que ahí estás ensartando ! Él se va porque tiene que cumplir con Dios ; y tú debes alegrarte de que se vaya , porque sanarás del amor , y Dios te dará el premio de tan grande sacrificio . Pepita , que ya no lloraba y que se había enjugado las lágrimas con el pañuelo , contestó tranquila : — Está bien , padre ; yo me alegraré ; casi me alegro ya de que se vaya . Deseando estoy que pase el día de mañana , y que , pasado , venga Antoñona a decirme cuando yo despierte : « Ya se fue D . Luis » . Vd . verá cómo renacen entonces la calma y la serenidad antigua en mi corazón . — Así sea — dijo el padre vicario , y convencido de que había hecho un prodigio y de que había curado casi el mal de Pepita , se despidió de ella , y se fue a su casa , sin poder resistir ciertos estímulos de vanidad al considerar la influencia que ejercía sobre el noble espíritu de aquella preciosa muchacha . Pepita , que se había levantado para despedir al padre vicario , no bien volvió a cerrar la puerta y quedó sola , de pie , en medio de la estancia , permaneció un rato inmóvil , con la mirada fija , aunque sin fijarla en ningún objeto , y con los ojos sin lágrimas . Hubiera recordado a un poeta o a un artista la figura de Ariadna , como la describe Catulo , cuando Teseo la abandonó en la isla de Naxos . De repente , como si lograse desatar un nudo que le apretaba la garganta , como si quebrase un cordel que la ahogaba , rompió Pepita en lastimeros gemidos , vertió un raudal de llanto , y dio con su cuerpo , tan lindo y delicado , sobre las losas frías del pavimento . Allí , cubierta la cara con las manos , desatada ya la trenza de sus cabellos , y en desorden la vestidura , continuó en sus sollozos y en sus gemidos .
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