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Tú eres nuestro Padre , que estás en el cielo y debemos ser perfectos como tú , perdonando a quienes nos ofendan , y pidiéndote que los perdones porque no saben lo que se hacen . Yo debo recordar las bienaventuranzas . Bienaventurados cuando os ultrajaren y persiguieren y dijeren todo mal de vosotros . El sacerdote , el que va a ser sacerdote , ha de ser humilde , pacífico , manso de corazón . No como la encina , que se levanta orgullosa hasta que el rayo la hiere , sino como las yerbecillas fragantes de las selvas y las modestas flores de los prados , que dan más suave y grato aroma cuando el villano las pisa . En éstas y otras meditaciones por el estilo transcurrieron las horas hasta que dieron las tres , y D . Pedro , que acababa de volver del campo , entró en el cuarto de su hijo para llamarle a comer . La alegre cordialidad del padre , sus chistes , sus muestras de afecto , no pudieron sacar a D . Luis de la melancolía ni abrirle el apetito . Apenas comió , apenas habló en la mesa . Si bien disgustadísimo con la silenciosa tristeza de su hijo , cuya salud , aunque robusta , pudiera resentirse , como D . Pedro era hombre que se levantaba al amanecer y bregaba mucho durante el día , luego que acabó de fumar un buen cigarro habano de sobremesa , acompañándole con su taza de café y su copita de aguardiente de anís doble , se sintió fatigado y , según costumbre , se fue a dormir sus dos o tres horas de siesta . Don Luis tuvo buen cuidado de no poner en noticia de su padre la ofensa que le había hecho el conde de Genazahar . Su padre , que no iba a cantar misa y que tenía una índole poco sufrida , se hubiera lanzado al instante a tomar la venganza que él no tomó . Solo ya D . Luis , dejó el comedor para no ver a nadie , y volvió al retiro de su estancia para abismarse más profundamente en sus ideas . Abismado en ellas estaba hacía largo rato , sentado junto al bufete , los codos sobre él y en la derecha mano apoyada la mejilla , cuando sintió cerca ruido . Alzó los ojos y vio a su lado a la entrometida Antoñona , que había penetrado como una sombra , aunque tan maciza , y que le miraba con atención y con cierta mezcla de piedad y de rabia . Antoñona se había deslizado hasta allí sin que nadie lo advirtiese , aprovechando la hora en que comían los criados y D . Pedro dormía , y había abierto la puerta del cuarto y la había vuelto a cerrar tras sí con tal suavidad , que D . Luis , aunque no hubiera estado tan absorto , no hubiera podido sentirla . Antoñona venía resuelta a tener una conferencia muy seria con D . Luis ; pero no sabía a punto fijo lo que iba a decirle . Sin embargo había pedido , no se sabe si al cielo o al infierno , que desatase su lengua y que le diese habla , y habla no chabacana y grotesca como la que usaba por lo común , sino culta , elegante e idónea para las nobles reflexiones y bellas cosas que ella imaginaba que le convenía expresar .
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