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— Dejemos a un lado — dijo — , esos vanos discursos . Yo no puedo remediar el mal de tu dueño . ¿ Qué he de hacer ? — ¿ Qué has de hacer ? — interrumpió Antoñona , ya más blanda y afectuosa y con voz insinuante — . Yo te diré lo que has de hacer . Si no remediares el mal de mi niña , le aliviarás al menos . ¿ No eres tan santo ? Pues los santos son compasivos y además valerosos . No huyas como un cobardón grosero , sin despedirte . Ven a ver a mi niña , que está enferma . Haz esta obra de misericordia . — ¿ Y qué conseguiré con esa visita ? Agravar el mal en vez de sanarle . — No será así : no estás en el busilis . Tú irás allí , y , con esa cháchara que gastas y esa labia que Dios te ha dado , le infundirás en los cascos la resignación , y la dejarás consolada , y , si le dices que la quieres y que por Dios sólo la dejas , al menos su vanidad de mujer no quedará ajada . — Lo que me propones es tentar a Dios ; es peligroso para mí y para ella . — ¿ Y por qué ha de ser tentar a Dios ? Pues si Dios ve la rectitud y la pureza de tus intenciones , ¿ no te dará su favor y su gracia para que no te pierdas en esta ocasión en que te pongo con sobrado motivo ? ¿ No debes volar a librar a mi niña de la desesperación y traerla al buen camino ? Si se muriera de pena por verse así desdeñada , o si rabiosa agarrase un cordel y se colgase de una viga , créeme , tus remordimientos serían peores que las llamas de pez y azufre de las calderas de Lucifer . — ¡ Qué horror ! No quiero que se desespere . Me revestiré de todo mi valor : iré a verla . — ¡ Bendito seas ! Si me lo decía el corazón . ¡ Si eres bueno ! — ¿ Cuándo quieres que vaya ? — Esta noche a las diez en punto . Yo estaré en la puerta de la calle aguardándote y te llevaré donde está . — ¿ Sabe ella que has venido a verme ? — No lo sabe . Ha sido todo ocurrencia mía ; pero yo la prepararé con buen arte , a fin de que tu visita , la sorpresa , el inesperado gozo , no la hagan caer en un desmayo . ¿ Me prometes que irás ? — Iré . — Adiós . No faltes . A las diez de la noche en punto . Estaré a la puerta . Y Antoñona echó a correr , bajó la escalera de dos en dos escalones y se plantó en la calle . No se puede negar que Antoñona estuvo discretísima en esta ocasión , y hasta su lenguaje fue tan digno y urbano , que no faltaría quien le calificase de apócrifo , si no se supiese con la mayor evidencia todo esto que aquí se refiere , y si no constasen además los prodigios de que es capaz el ingénito despejo de una mujer , cuando le sirve de estímulo un interés o una pasión grande .
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