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En cuanto a lo que él llamaba su caída antes de caer , fuerza es confesar que le parecía poco honda y poco espantosa después de haber caído . Su misticismo , bien estudiado , con la nueva luz que acababa de adquirir , se le antojó que no había tenido ser ni consistencia ; que había sido un producto artificial y vano de sus lecturas , de su petulancia de muchacho y de sus ternuras sin objeto de colegial inocente . Cuando recordaba que a veces había creído recibir favores y regalos sobrenaturales , y había oído susurros místicos y había estado en conversación interior , y casi había empezado a caminar por la vía unitiva , llegando a la oración de quietud , penetrando en el abismo del alma y subiendo al ápice de la mente , D . Luis se sonreía y sospechaba que no había estado por completo en su juicio . Todo había sido presunción suya . Ni él había hecho penitencia , ni él había vivido largos años en contemplación , ni él tenía ni había tenido merecimientos bastantes para que Dios le favoreciese con distinciones tan altas . La mayor prueba que se daba a sí propio de todo esto , la mayor seguridad de que los regalos sobrenaturales de que había gozado eran sofísticos , eran simples recuerdos de los autores que leía , nacía de que nada de eso había deleitado tanto su alma como un te amo de Pepita , como el toque delicadísimo de una mano de Pepita jugando con los negros rizos de su cabeza . Don Luis apelaba a otro género de humildad cristiana para justificar a sus ojos lo que ya no quería llamar caída , sino cambio . Se confesaba indigno de ser sacerdote , y se allanaba a ser lego , casado , vulgar , un buen lugareño cualquiera , cuidando de las viñas y los olivos , criando a sus hijos , pues ya los deseaba , y siendo modelo de maridos al lado de su Pepita . Aquí vuelvo yo , como responsable que soy de la publicación y divulgación de esta historia , a creerme en la necesidad de interpolar varias reflexiones y aclaraciones de mi cosecha . Dije al empezar que me inclinaba a creer que esta parte narrativa o Paralipómenos era obra del señor deán , a fin de completar el cuadro y acabar de relatar los sucesos que las cartas no relatan ; pero entonces aún no había yo leído con detención el manuscrito . Ahora , al notar la libertad con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene el autor para algunos deslices , dudo de que el señor deán , cuya rigidez sé de buena tinta , haya gastado la de su tintero en escribir lo que el lector habrá leído . Sin embargo , no hay bastante razón para negar que sea el señor deán el autor de los Paralipómenos . La duda queda en pie porque , en el fondo , nada hay en ellos que se oponga a la verdad católica ni a la moral cristiana . Por el contrario , si bien se examina , se verá que sale de todo una lección contra los orgullosos y soberbios , con ejemplar escarmiento en la persona de D . Luis . Esta historia pudiera servir sin dificultad de apéndice a los Desengaños místicos del Padre Arbiol .
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