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Rey contempló durante un rato las frescas facciones de D . Nominavito . Después dijo : — Pues no es cierto . Mi tía está muy contenta de mí ; desprecia las calumnias con que me están obsequiando los orbajosenses . . . y no me arrojará de su casa , aunque en ello se empeñe el señor obispo . — Lo que es arrojarte . . . jamás . ¡ Qué diría tu padre ! . . . — A pesar de sus bondades , queridísima tía , a pesar de la amistad cordial del señor canónigo , quizás decida yo marcharme . . . . — ¡ Marcharte ! — ¡ Marcharse usted ! En los ojos de doña Perfecta brilló una luz singular . El canónigo , a pesar de ser hombre muy experto en el disimulo , no pudo ocultar su júbilo . — Sí ; y tal vez esta misma noche . . . . — ¡ Pero hombre , qué arrebatado eres ! . . . ¿ Por qué no esperas siquiera a mañana temprano ? . . . A ver . . . Juan , que vayan a llamar al tío Licurgo para que prepare la jaca . . . . Supongo que llevarás algún fiambre . . . . ¡ Nicolasa ! . . . ese pedazo de ternera que está en el aparador . . . . Librada , la ropa del señorito . . . . — No , no puedo creer que usted tome determinación tan brusca — dijo D . Cayetano , creyéndose obligado a tomar alguna parte en aquella cuestión . — ¿ Pero volverá usted . . . no es eso ? — preguntó el canónigo . — ¿ A qué hora pasa el tren de la mañana ? — preguntó doña Perfecta , por cuyos ojos claramente asomaba la febril impaciencia de su altura . — Sí , me marcho esta misma noche . — Pero hombre , si no hay luna . En el alma de doña Perfecta , en el alma del Penitenciario , en la juvenil alma del doctorcillo retumbaron como una armonía celeste estas palabras : " esta misma noche . " — Por supuesto , querido Pepe , tú volverás . . . . Yo he escrito hoy a tu padre , a tu excelente padre . . . . — exclamó doña Perfecta , con todos los síntomas fisiognómicos que aparecen cuando se va a derramar una lágrima . — Molestaré a usted con algunos encargos — manifestó el sabio . — Buena ocasión para pedir el cuaderno que me falta de la obra del abate Gaume — indicó el abogadejo . — Vamos , Pepe , que tienes unos arrebatos y unas salidas — murmuró la señora sonriendo , con la vista fija en la puerta del comedor . — Pero se me olvidaba decirte que Caballuco está esperando para hablarte . XV Sigue creciendo , hasta que se declara la guerra Todos miraron hacia la puerta , donde apareció la imponente figura del Centauro , serio , cejijunto , confuso al querer saludar con amabilidad , hermosamente salvaje , pero desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos brazos . — Adelante , Sr . Ramos — dijo Pepe Rey . — Pero no — objetó doña Perfecta . — Si es una tontería lo que tiene que decirte . — Que lo diga . — Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas cuestiones ridículas . . . . — ¿ Qué quiere de mí el Sr . Ramos ? Caballuco pronunció algunas palabras . — Basta , basta . . . exclamó doña Perfecta , riendo . — No molestes más a mi sobrino . Pepe , no hagas caso de ese majadero . . . . ¿ Quieren ustedes que les diga en qué consiste el enojo del gran Caballuco ? — ¿ Enojo ? Ya me lo figuro — indicó el Penitenciario , recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con estrépito .
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