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El ingeniero saltó por la ventana a la huerta . Observando bien , vió la mano y el rostro de su prima . Le pareció distinguir el tan usual movimiento de imponer silencio llevando el dedo a los labios . Después la simpática sombra alargó el brazo hacia abajo y desapareció . Pepe Rey entró de nuevo en su cuarto rápidamente y procurando no hacer ruido , pasó a la galería , avanzando después lentamente por ella . Sentía el palpitar de su corazón , como si recibiera hachazos dentro del pecho . Esperó un rato . . . al fin oyó distintamente tenues golpes en los peldaños de la escalera . Uno , dos , tres . . . . Producían aquel rumor unos zapatitos . Dirigióse hacia allá en medio de una obscuridad casi profunda , y alargó los brazos para prestar apoyo a quien bajaba . En su alma reinaba una ternura exaltada y profunda ; pero ¿ a qué negarlo ? tras aquel dulce sentimiento surgió de repente , como infernal inspiración , otro que era un terrible deseo de venganza . Los pasos se acercaban descendiendo . Pepe Rey avanzó , y unas manos que tanteaban en el vacío chocaron con las suyas . Las cuatro ¡ ay ! se unieron en estrecho apretón . XVII Luz a obscuras La galería era larga y ancha . A un extremo estaba la puerta del cuarto donde moraba el ingeniero ; en el centro la del comedor , y al otro extremo la escalera y una puerta grande y cerrada , con un peldaño en el umbral . Aquella puerta era la de una capilla , donde los Polentinos tenían los santos de su devoción doméstica . Alguna vez se celebraba en ella el santo sacrificio de la misa . Rosario dirigió a su primo hacia la puerta de la capilla , y se dejó caer en el escalón . — ¿ Aquí ? . . . — murmuró Pepe Rey . Por los movimientos de la mano derecha de Rosario , comprendió que ésta se santiguaba . — Prima querida , Rosario . . . ¡ gracias por haberte dejado ver ! — exclamó estrechándola con ardor entre sus brazos . Sintió los dedos fríos de la joven sobre sus labios , imponiéndole silencio . Los besó con frenesí . — Estás helada . . . Rosario . . . ¿ por qué tiemblas así ? Daba diente con diente , y su cuerpo todo se estremecía con febril convulsión . Rey sintió en su cara el abrasador fuego del rostro de su prima , y alarmado exclamó : — Tu frente es un volcán . Tienes fiebre . — Mucha . — ¿ Estás enferma realmente ? — Sí . . . . — Y has salido . . . . — Por verte . El ingeniero la estrechó entre sus brazos para darle abrigo ; pero no bastaba . — Aguarda — dijo vivamente levantándose . — Voy a mi cuarto a traer mi manta de viaje . — Apaga la luz , Pepe . Rey había dejado encendida la luz dentro de su cuarto , y por la puerta de éste salía una tenue claridad , iluminando la galería . Volvió al instante . La obscuridad era ya profunda . Tentando las paredes pudo llegar hasta donde estaba su prima . Reuniéronse y la arropó cuidadosamente de los pies a la cabeza . — ¿ Qué bien estás ahora , niña mía ?
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