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Después de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata , el Magistral , con un tantico de hambre , de hambre sana , entró por los pórticos de la plaza Nueva en la calle de Los Canónigos , atravesó la de Recoletos y llegó a la de la Rúa , y al portero del marqués de Vegallana , que era un enano vestido con librea caprichosa , le preguntó con voz temblorosa : — ¿ Está el señorito ? En aquel momento se abría la puerta del patio con estrépito y sonaban dentro carcajadas . El Magistral reconoció la voz de Visita que gritaba : — ¡ Pues no señor ! no son azules . . . . — Sí , señora , azules con listas blancas — respondía Paco , batiendo palmas . — ¿ A que no ? ¿ a que no ? — Tonta , tonta — decía otra voz más suave desde una ventana del primer piso — no le creas ; si no se ha visto nada . . . si estaba yo más abajo y no vi nada . . . . Esta voz era la de Ana Ozores . Al Magistral le zumbaron los oídos . . . y entró en el patio . — XIII — El sol entraba en el salón amarillo y en el gabinete de la Marquesa por los anchos balcones abiertos de par en par ; estaba convidado también , así como el vientecillo indiscreto que movía los flecos de los guardamalletas de raso , los cristales prismáticos de las arañas , y las hojas de los libros y periódicos esparcidos por el centro de la sala y las consolas . Si entraban raudales de luz y aire fresco , salían corrientes de alegría , carcajadas que iban a perder sus resonancias por las calles solitarias de la Encimada , ruido de faldas , de enaguas almidonadas , de manteos crujientes , de sillas traídas y llevadas , de abanicos que aletean . . . . Lo mejor de Vetusta llenaba el salón y el gabinete . Doña Rufina vestida de azul eléctrico , empolvada la cabeza que adornaban flores naturales que parecían , sin que se supiera por qué , de trapo , doña Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su gusto , donde canónigos reían , aristócratas fatuos hacían el pavo real , muchachuelas coqueteaban , jamonas lucían carne blanca y fuerte , diputados provinciales salvaban la comarca , y elegantes de la legua imitaban las amaneradas formas de sus congéneres de Madrid . La Marquesa tendida en una silla larga , forrada de satén , estaba en la galería de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la calle . Se disputaba a gritos . Cerca de ella , triunfante , en pie , con un abanico de nácar en la mano derecha , dándose aire voluptuosamente , ostentaba Glocester su buena figura torcida . Con la mano izquierda sujetaba , como con un clavo romano , los pliegues del manteo , que caía con gracia camino del suelo , deteniéndose en brillante montón de tela negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia Fandiño ; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano , sentada en un taburete histórico ( robado al salón arqueológico del Marqués ) se inclinaba más graciosa que recatada y honesta sobre el regazo de su noble amiga . Estas tres personas formaban grupo en el balcón de galería , y desde el gabinete , sentados aquí y allá , y algunos en pie , oían a Glocester tres canónigos más , el capellán de la casa , don Aniceto , tres damas nobles , la gobernadora civil , Joaquinito Orgaz , y otros dos pollos vetustenses , de los que estudiaban en la Corte .
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