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« Es verdad , pensaba ; habíamos quedado en que mañana temprano iría a confesar . . . ¡ y se me había olvidado ! y ahora él adelanta la confesión . . . . Quiere que vaya esta tarde . ¡ Imposible ! No estoy preparada . . . . Con estas ideas . . . con esta revolución del alma . . . . ¡ Imposible ! » . Se vistió deprisa , cogió papel que tenía el mismo olor que el del Magistral , pero más fuerte , y escribió a don Fermín una carta muy dulce con mano trémula , turbada , como si cometiera una felonía . Le engañaba ; le decía que se sentía mal , que había tenido la jaqueca y le suplicaba que la dispensase ; que ella le avisaría . . . . Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su destino inmediatamente , y sin que el señor se enterase . Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad , como él decía , con aquella frecuencia del sacramento de la confesión ; como temía que se le tuviese por poco enérgico , y era muy poco enérgico en su casa en efecto , alborotaba mucho cuando se enfadaba . Para evitar el ruido , molesto aunque sin consecuencias , Ana procuraba que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la catedral . « ¡ No podía presumir el buen señor que por su bien eran ! » . Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentes tapadillos . Pero la criada , fingiendo creer los motivos que alegaba su ama para ocultar la devoción , sospechaba horrores . Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba : « Lo que yo me temía , a pares ; los tiene a pares ; uno diablo y otro santo . ¡ Así en la tierra como en el cielo ! » . Ana estuvo todo el día inquieta , descontenta de sí misma ; no se arrepentía de haber puesto en peligro su honor , dando alas ( siquiera fuesen de sutil gasa espiritual ) a la audacia amorosa de don Álvaro ; no le pesaba de engañar al pobre don Víctor , porque le reservaba el cuerpo , su propiedad legítima . . . pero ¡ pensar que no se había acordado del Magistral ni una vez en toda la noche anterior , a pesar de haber estado pensando y sintiendo tantas cosas sublimes ! « Y por contera , le engañaba , le decía que estaba enferma para excusar el verle . . . ¡ le tenía miedo ! . . . y hasta el estilo dulce , casi cariñoso de la carta era traidor . . . ¡ aquello no era digno de ella ! Para don Víctor había que guardar el cuerpo , pero al Magistral ¿ no había que reservarle el alma ? » . — XVII — Al obscurecer de aquel mismo día , que era el de Difuntos , Petra anunció a la Regenta , que paseaba en el Parque , entre los eucaliptus de Frígilis , la visita del Sr . Magistral . — Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a la huerta . . . — dijo Ana sorprendida y algo asustada . El Magistral pasó por el patio al Parque . Ana le esperaba sentada dentro del cenador . « Estaba hermosa la tarde , parecía de septiembre ; no duraría mucho el buen tiempo , luego se caería el cielo hecho agua sobre Vetusta . . . » . Todo esto se dijo al principio . Ana se turbó cuando el Magistral se atrevió a preguntarle por la jaqueca . « ¡ Se había olvidado de su mentira ! » . Explicó lo mejor que pudo su presencia en el Parque a pesar de la jaqueca .
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