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— II — El coro había terminado : los venerables canónigos dejaban cumplido por aquel día su deber de alabar al Señor entre bostezo y bostezo . Uno tras otro iban entrando en la sacristía con el aire aburrido de todo funcionario que desempeña cargos oficiales mecánicamente , siempre del mismo modo , sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de cada día . El ánimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el roce continuo de los cánticos canónicos , como la mayor parte de los roquetes , mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo . Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas corporaciones : algunos señores prebendados no se hablaban ; otros no se saludaban siquiera . Pero a un extraño no le era fácil conocer esta falta de armonía : la prudencia disimulaba tales asperezas , y en conjunto reinaba la mayor y más jovial concordia . Había apretones de mano , golpecitos en el hombro , bromitas sempiternas , chistes , risas , secretos al oído . Algunos , taciturnos , se despedían pronto y abandonaban el templo ; no faltaba quien saliera sin despedirse . Cuando entraba el Magistral , el ilustrísimo señor don Cayetano Ripamilán , aragonés , de Calatayud , apoyaba una mano en el mármol de la mesa , porque los codos no llegaban a tamaña altura , y exclamaba después de haber olfateado varias veces , como perro que sigue un rastro : — Hame dado en la nariz olor de . . . La presencia del Provisor contuvo al señor Arcipreste , que , cortando la cita , añadió : — ¿ Parece que hemos tenido faldas por aquí , señor De Pas ? Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses , pero un poco verdes , a la hermosura esplendorosa de la viudita . Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis años , vivaracho , alegre , flaco , seco , de color de cuero viejo , arrugado como un pergamino al fuego , y el conjunto de su personilla recordaba , sin que se supiera a punto fijo por qué , la silueta de un buitre de tamaño natural ; aunque , según otros , más se parecía a una urraca , o a un tordo encogido y despeluznado . Tenía sin duda mucho de pájaro en figura y gestos , y más , visto en su sombra . Era anguloso y puntiagudo , usaba sombrero de teja de los antiguos , largo y estrecho , de alas muy recogidas , a lo don Basilio , y como lo echaba hacia el cogote , parecía que llevaba en la cabeza un telescopio ; era miope y corregía el defecto con gafas de oro montadas en nariz larga y corva . Detrás de los cristales brillaban unos ojuelos inquietos , muy negros y muy redondos . Terciaba el manteo a lo estudiante , solía poner los brazos en jarras , y si la conversación era de asunto teológico o canónico , extendía la mano derecha y formaba un anteojo con el dedo pulgar y el índice . Como el interlocutor solía ser más alto , para verle la cara Ripamilán torcía la cabeza y miraba con un ojo solo , como también hacen las aves de corral con frecuencia . Aunque era don Cayetano canónigo y tenía nada menos que la dignidad de arcipreste , que le valía el honor de sentarse en el coro a la derecha del Obispo , considerábase él digno de respeto y aun de admiración no por estos vulgares títulos , ni por la cruz que le hacía ilustrísimo , sino por el don inapreciable de poeta bucólico y epigramático .
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