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Sacó fuerzas de flaqueza , y ayudado por la indignación general , se impuso . El cortejo entró en el cementerio , pero no por la puerta principal , sino por una especie de brecha abierta en la tapia del corralón inmundo , estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se enterraba a los que morían fuera de la Iglesia católica . Eran muy pocos . El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro entierros así . El duelo se despidió sin ceremonia ; a latigazos lo despedía el viento con disciplinas de agua helada . Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último . « Era su deber » . Había cerrado la noche . Se detuvo solo , completamente solo , en lo alto de la cuesta . « A su espalda , a veinte pasos tenía la tapia fúnebre . Allí detrás quedaba el mísero amigo , abandonado , pronto olvidado del mundo entero ; estaba a flor de tierra . . . separado de los demás vetustenses que habían sido , por un muro que era una deshonra ; perdido , como el esqueleto de un rocín , entre ortigas , escajos y lodo . . . . Por aquella brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil . . . . A toda profanación estaba abierto . . . . Y allí estaba don Santos . . . el buen Barinaga que había vendido patenas y viriles . . . y creía en ellos . . . en otro tiempo . ¡ Y todo aquello era obra suya . . . de don Pompeyo ; él , en el café — restaurant de la Paz , había comenzado a demoler el alcázar de la fe . . . del pobre comerciante ! . . . » . Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán . Se abrochó . « Había sido otra imprudencia venir sin capa » . Entonces sintió que no sentía ya el agua . . . . « Era que ya no llovía » . Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces pálidas , las estrellas ; y entre las sombras de la ciudad aparecían puntos rojizos simétricos : los faroles . Guimarán volvió a temblar ; sintió la humedad de los pies de nuevo . . . y apretó el paso . Hubo más , se le figuró que le seguían ; que a veces le tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote . . . . Y como estaba solo , seguramente solo . . . no tuvo inconveniente en emprender por la cuesta abajo un trote ligero , con el paraguas debajo del brazo . « No , no hay Dios , iba pensando , pero si lo hubiera estábamos frescos . . . » . Y más abajo : « Y de todas maneras , eso de que le han de enterrar a uno de fijo , sin escape , en ese estercolero . . . no tiene gracia » . Y corría , sintiendo de vez en cuando escalofríos . Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche . « Ya lo decía él ; ¡ la humedad ! » . Deliró . « Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en el vientre y por allí entraban y salían gatos y perros , y alguno que otro diablejo con rabo » . — XXIII — « Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum , ex utero ante luciferum genui te » . Esto leyó la Regenta sin entenderlo bien ; y la traducción del Eucologio decía : « Tú poseerás el principado y el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor que brillará en tus santos : yo te he engendrado de mis entrañas desde antes del nacimiento del lucero de la mañana » .
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