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El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de aquella señora . « Aquello era imitar a Cristo de verdad . ¡ Emparejarse , como un cualquiera , con el señor Vinagre el nazareno ; y recorrer descalza todo el pueblo ! . . . ¡ Bah ! ¡ era una santa ! » . En cuanto a don Víctor , al pasar debajo de su balcón el Magistral y Ana preguntó a Mesía : — ¿ Están ya ahí ? — Sí , ahí van . . . . Y el mismo esposo estiró el cuello . . . y asomó la cabeza . . . . Lo vio todo . Dio un salto atrás . — ¡ Infame ! ¡ es un infame ! ¡ me la ha fanatizado ! Sintió escalofríos . En aquel instante la charanga del batallón que iba de escolta comenzó a repetir una marcha fúnebre . Al pobre Quintanar se le escaparon dos lágrimas . Se le figuró al oír aquella música que estaba viudo , que aquello era el entierro de su mujer . — Ánimo , don Víctor — le dijo Mesía volviéndose a él , y dejando el balcón — . Ya van lejos . — No ; no quiero verla otra vez . ¡ Me hace daño ! — Ánimo . . . . Todo esto pasará . . . Y apoyó Mesía una mano en el hombro del viejo . El cual , agradecido , enternecido , se puso en pie ; procuró ceñir con los brazos la espalda y el pecho del amigo , y exclamó con voz solemne y de sollozo : — ¡ Lo juro por mi nombre honrado ! ¡ Antes que esto , prefiero verla en brazos de un amante ! — Sí , mil veces , sí — añadió — ¡ búsquenle un amante , sedúzcanmela ; todo antes que verla en brazos del fanatismo ! . . . Y estrechó , con calor , la mano que don Álvaro le ofrecía . La marcha fúnebre sonaba a los lejos . El chin , chin de los platillos , el rum rum del bombo servían de marco a las palabras grandilocuentes de Quintanar . — ¡ Qué sería del hombre en estas tormentas de la vida , si la amistad no ofreciera al pobre náufrago una tabla donde apoyarse ! — ¡ Chin , chin , chin ! ¡ bom , bom , bom ! — ¡ Sí , amigo mío ! ¡ Primero seducida que fanatizada ! . . . — Puede usted contar con mi firme amistad , don Víctor ; para las ocasiones son los hombres . . . . — Ya lo sé , Mesía , ya lo sé . . . ¡ Cierre usted el balcón , porque se me figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza ! — XXVII — — ¡ Las diez ! ¿ Has oído ? el reloj del comedor ha dado las diez . . . . ¿ Te parece que subamos ? . . . — Espera un poco ; espera que suene la hora en la catedral . — ¡ En la catedral ! ¿ Pero se oye desde aquí , muchacha ? ¿ Se oye el reloj de la torre desde aquí ? . . . Mira que es media legua larga . . . . — Pues sí , se oye , en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye . ¿ Nunca lo habías notado ? Espera cinco minutos y oirás las campanadas . . . tristes y apagadas por la distancia . . . . — La verdad es que la noche está hermosa . . . . — Parece de Agosto . — Cuando contemplo el cielo , de innumerables luces rodeado y miro hacia el suelo . . . perdóname , hija mía , sin querer me vuelvo a mis versos . . . . — ¿ Y qué ? mejor , Quintanar : eso es muy hermoso . La Noche Serena ya lo creo . Hace llorar dulcemente . Cuando yo era niña y empezaba a leer versos , mi autor predilecto era ese . El recuerdo de Fray Luis de León pasó como una nubecilla por el pensamiento de Ana que sintió un poco de melancolía amarga . Sacudió la cabeza , se puso en pie y dijo :
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