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— XXX — — Y ahora mucho cuidado ; mira lo que vas a hacer . — ¿ Tú no entras ? — No , no . . . . Tengo prisa , tengo que hacer . — ¡ Me dejas solo ahora ! — Volveré si quieres . . . pero . . . mejor te acostabas pronto . Mañana vendré temprano . — Te advierto que no te he dicho que sí . — Bueno , bueno . . . adiós . — Espera , espera . . . no me dejes solo . . . todavía . No te he dicho que sí ; tal vez . . . lo piense más y . . . me decida por seguir el camino opuesto . — Pero por de pronto , Víctor , prudencia , disimulo . . . . Es decir , si no quieres exponerte a una desgracia . Ya lo sabes . . . . — ¡ Sí , sí ! Benítez cree que un gran susto , una impresión fuerte . . . . — Eso ; puede matarla . — ¡ Está enferma ! — Sí , más de lo que tú crees . — ¡ Está enferma ! Y un susto , un susto grande . . . puede matarla . — Eso , así como suena . — Y yo debo subir , y guardar para mí todos estos rencores , toda esta hiel tragármela . . . y disimular , y hablar con ella para que no sospeche y no se asuste . . . y no se me muera de repente . . . . — Sí , Víctor , sí ; todo eso debes hacer . — Pero confiesa , Tomás , que todo eso se dice mejor que se hace ; y comprende que ese aldabón me inspire miedo , explícate la razón que tengo para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido . . . . Calló a esto Frígilis . Llegaban de la estación ; estaban en el portal del caserón de los Ozores , que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo . Quintanar no tenía valor para subir a su casa . No quería llamar . « Iban a abrirle , iba a salir ella , Ana , a su encuentro , se atrevería a sonreír como siempre , tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que la besara . . . . Y él tendría que sonreír , y besar y callar . . . y acostarse tan sereno como todas las noches . . . . Tomás debía comprender que aquello era demasiado . . . » . Y además , las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le habían caído al pobre ex - regente como una maza sobre la cabeza . « Aquella alegría , aquella exaltación que la habían llevado . . . al crimen , a la infamia de una traición . . . eran una enfermedad ; Ana podía morir de repente cualquier día ; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor que de alegría , mejor si era dolorosa , podía matarla en pocas horas . . . » . Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo . A Mesía fusilémosle , había dicho , si eso te consuela ; pero hay que esperar , hay que evitar el escándalo , y sobre todo hay que evitar el susto , el espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como los maridos de teatro . . . . Ana , culpable según las leyes divinas y humanas , no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la muerte . — ¿ Quién quiere matarla ? ¡ Yo no quiero eso ! — había interrumpido don Víctor al oír esto . Pero Frígilis había replicado : — Sí quieres tal , si le dices que lo sabes todo . Lo que hay que hacer hay que pensarlo ; yo no digo que la perdones , que esa sea la única solución ; pero confiesa que el perdonar es una solución también . — Perdonarla es transigir con la deshonra . . . . — Eso ya lo veríamos . ¿ Tú eres cristiano ? — Sí , de todo corazón , más cada día . . . . Como que ya no veo más refugio para mi alma que la religión . . . .
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