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Cuando el lápiz trazó el primer verso , ya estaba terminada , dentro del alma , la primera estancia . Siguió el lápiz corriendo sobre el papel , pero siempre el alma iba más deprisa ; los versos engendraban los versos , como un beso provoca ciento ; de cada concepto amoroso y rítmico brotaban enjambres de ideas poéticas , que nacían vestidas con todos los colores y perfumes de aquel decir poético , sencillo , noble , apasionado . Cuando todavía el pensamiento seguía dictando a borbotones , tuvo la mano que renunciar a seguirle , porque el lápiz ya no podía escribir ; los ojos de Ana no veían las letras ni el papel , estaban llenos de lágrimas . Sentía latigazos en las sienes , y en la garganta mano de hierro que apretaba . Se puso en pie , quiso hablar , gritó ; al fin su voz resonó en la cañada ; calló el supuesto ruiseñor , y los versos de Ana , recitados como una oración entre lágrimas , salieron al viento repetidos por las resonancias del monte . Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial . Su propia voz la entusiasmó , sintió escalofríos , y ya no pudo hablar : se doblaron sus rodillas , apoyó la frente en la tierra . Un espanto místico la dominó un momento . No osaba levantar los ojos . Temía estar rodeada de lo sobrenatural . Una luz más fuerte que la del sol atravesaba sus párpados cerrados . Sintió ruido cerca , gritó , alzó la cabeza despavorida . . . no tenía duda , una zarza de la loma de enfrente se movía . . . y con los ojos abiertos al milagro , vio un pájaro obscuro salir volando de un matorral y pasar sobre su frente . — V — La señorita doña Anunciación Ozores había llegado a los cuarenta y siete años sin salir de la provincia de Vetusta . Era por consiguiente una gran molestia , tal vez un peligro , aventurarse a recorrer en veinte horas de diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto . La acompañaron en su viaje don Cayetano Ripamilán , canónigo respetable por su condición y sus años , y una antigua criada de los Ozores . Había muerto don Carlos de repente , de noche , sin confesión , sin ningún sacramento . El médico decía que algún derrame , algún vaso . . . . Materialismo puro . Doña Anuncia veía la mano de Dios que castiga sin palo ni piedra . Esto no impidió que durante el viaje manifestase la señorita de Ozores , vestida de riguroso luto , un dolor apenas mitigado por la resignación cristiana . « Ana , la hija de la modista , había caído en cama ; estaba sola , en poder de criados ; no había más remedio que ir a recogerla . Ante aquella muerte concluían las diferencias de familia » . — « Muerto el perro se acabó la rabia » , — había dicho uno de los nobles de Vetusta . Doña Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte . Era una fiebre nerviosa ; una crisis terrible , había dicho el médico ; la enfermedad había coincidido con ciertas transformaciones propias de la edad ; propias sí , pero delante de señoritas no debían explicarse con la claridad y los pormenores que empleaba el doctor . Don Cayetano podía oírlo todo , pero doña Anuncia hubiera preferido metáforas y perífrasis . « El desarrollo contenido » , « la crítica y misteriosa metamorfosis » , « la crisálida que se rompe » , todo eso estaba bien ; pero el médico añadía unos detalles que doña Anuncia no vacilaba en calificar de groseros .
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