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También creyó que su fama de hombre de talento se afianzaría probando sus fuerzas en el ajedrez y aplicó a este juego mucha energía . Una tarde que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas piezas , vio su salvación en convertir en reina un peoncillo . — ¡ Este va a reina ! — exclamó clavando con los suyos los ojos del adversario . — No puede ser . — ¿ Cómo que no puede ser ? Y el contrario , por instinto , retiró una pieza que estorbaba el paso del peón que debía ir a reina . — A reina va , y lo hago cuestión personal — añadió envalentonado Trabuco , dándose un puñetazo en el pecho . Y el contrario , sin querer , le dejó otra casilla libre . Y así , de una en otra , jugándose la vida en todas ellas , convirtió el peón en reina , y ganó el juego el enérgico diputado provincial de Pernueces . — VII — Estas y otras calidades distinguían a Pepe Ronzal , a quien Joaquinito Orgaz tenía mucho miedo . Tal vez sabía el de Pernueces que Joaquín imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos . Además , Ronzal aborrecía a don Álvaro Mesía y a cuantos le alababan y eran amigos suyos . Joaquín era uña y carne del Marquesito — el hijo del marqués de Vegallana — y este el amigo íntimo de don Álvaro . — Buenas tardes , señores — dijo Ronzal sentándose en el corro . Dejó los guantes sobre la mesa , pidió café y se puso a mirar de hito en hito a Joaquín , que hubiera querido hacerse invisible . — ¿ De quién se murmura , pollo ? — preguntó el diputado dando una palmada en el muslo no muy lucido del sietemesino . Para piernas , Ronzal . En efecto , las estiró al lado de las del joven para que pudiesen comparar aquellos señores . Joaquín contestó : — De nadie . Y encogió los hombros . — No lo creo . Estos madrileñitos siempre tienen algo que decir de los infelices provincianos . — Así es la verdad — dijo el ex - alcalde — . Su amigo de usted el Provisor , era hoy la víctima . Ronzal se puso serio . — ¡ Hola ! — dijo — ¿ también espifor ? ( Espíritu fuerte en el francés de Trabuco . ) — Se trataba — añadió Foja — de las varas que toma o no toma cierta dama , hasta hoy muy respetada , y de los refuerzos espirituales que su atribulada conciencia busca o no busca en la dirección moral de don Fermín . . . . ¡ Je , je ! . . . Ronzal no entendía . — A ver , a ver ; exijo que se hable claro . Joaquinito miró a su papá como pidiendo auxilio . El señor Orgaz se atrevió a murmurar : — Hombre , eso de exigir . . . — Sí , señor ; exigir . ¡ Y hago la cuestión personal ! — Pero ¿ qué es lo que usted exige ? — preguntó el muchacho agotando su valor en este rasgo de energía . — Exijo lo que tengo derecho a exigir , eso es ; y repito que hago la cuestión personal . — ¿ Pero qué cuestión ? — ¡ Esa ! Joaquinito volvió a encogerse de hombros , pálido como un muerto . Comprendió que el tener razón era allí lo de menos . A Ronzal ya le echaban chispas los ojos montaraces . Se había embrollado y esto era lo que más le irritaba siempre , perder el discurso a lo mejor .
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