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— ¿ Has confesado ? — Sí , ahora mismo . — ¿ Con el Magistral , por supuesto ? — Sí , con él . — ¿ Qué tal ? ¿ Excelente , verdad ? ¿ Qué te decía yo ? ¿ No subes ? — No , ahora no puedo . Obdulia oyó la voz de Ana y corrió al balcón , sin cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado . — ¡ Ana , sube , anda , tonta ! — gritó la viuda mientras devoraba a la Regenta con los ojos de pies a cabeza . Para Obdulia las demás mujeres no tenían más valor que el de un maniquí de colgar vestidos ; para trapos ellas ; para todo lo demás , los hombres . Ana se excusó otra vez ; tenía que hacer . Saludó con graciosa sonrisa y siguió adelante . Un momento se habían encontrado sus ojos con los de Mesía , pero no se habían turbado ni escondido como otras veces ; le habían mirado distraídos , sin que ella procurase evitar el contacto de aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado , confundido con el deseo . Todos callaban en el balcón mientras la Regenta se alejaba y desaparecía por la calle desierta . Todos la siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina . Obdulia dijo , queriendo afectar un tono algo desdeñoso : — Va muy sencilla . Y se volvió al gabinete . — ¡ Cómetela ! . . . — gritó al oído de Álvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla . Y añadió muy seria : — ¡ Cuidado con el Magistral , que sabe mucha teología parda ! . . . — IX — En la Plaza Nueva , en una rinconada sumida ya en la sombra está el palacio de los Ozores , de fachada ostentosa , recargada , sin elegancia , de sillares ennegrecidos , como los del Casino , por la humedad que trepa hasta el tejado por las paredes . Al llegar al portal Ana se detuvo ; se estremeció como si sintiera frío . Miró hacia la bocacalle próxima ; por allí el horizonte se abría lleno de resplandores . La calle del Águila era una pendiente rápida que dejaba ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda , verdes y relucientes entonces . Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados golondrinas gárrulas , inquietas , que iban y venían , como si hiciesen sus visitas de despedida , próximo el viaje de invierno . — Oye , Petra , no llames ; vamos a dar un paseo . . . . — ¿ Las dos solas ? — Sí , las dos . . . por los prados . . . a campo traviesa . — Pero , señorita , los prados estarán muy mojados . . . . — Por algún camino . . . extraviado . . . por donde no haya gente . Tú que eres de esas aldeas , y conoces todo eso , ¿ no sabes por dónde podremos ir sin que encontremos a nadie ? — Pero , si estará todo húmedo . . . . — Ya no ; el sol habrá secado la tierra . . . . ¡ Yo traigo buen calzado . Anda . . . vamos , Petra ! Ana suplicaba con la voz como una niña caprichosa y con el gesto como una mística que solicita favores celestiales . Petra miró asombrada a su señora . Nunca la había visto así . ¿ Qué era de aquella frialdad habitual , de aquella tranquilidad que parecía recelo y desconfianza disimulados ?
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