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Don Diego y yo nos vimos tan al cabo que , ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio , le buscamos para no levantarnos de mañana ; y así , trazamos de decir que teníamos algún mal . No osamos decir calentura , porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo . Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo . Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas en tres días , fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina , no buscaría el remedio . Mas ordenólo el diablo de otra suerte , porque tenía una que había heredado de su padre , que fue boticario . Supo el mal , y tomóla y aderezó una melecina , y haciendo llamar una vieja de setenta años , tía suya , que le servía de enfermera , dijo que nos echase sendas gaitas . Empezaron por don Diego ; el desventurado atajóse , y la vieja , en vez de echársela dentro , disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote , y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro . Quedó el mozo dando gritos ; vino Cabra y , viéndolo , dijo que me echasen a mí la otra , que luego tornarían a don Diego . Yo me resistía , pero no me valió , porque , teniéndome Cabra y otros , me la echó la vieja , a la cual de retorno di con ella en toda la cara . Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa , que bien se echaba de ver que era bellaquería todo . Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese , mas no lo quiso mi ventura . * * * * * Libro Primero : Capítulo IV : De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares . Entramos en casa de don Alonso y echáronnos en dos camas con mucho tiento , porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre . Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara , y a mí , como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial , que al fin me trataban como a criado , en buen rato no me los hallaron . Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas , como a retablos , y bien lo éramos de duelos . Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos . ¡ Quién podrá contar , a la primera almendrada y a la primera ave , las luminarias que pusieron las tripas de contento ? Todo les hacía novedad . Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento , porque como estaban huecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra . Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento , pero nunca podían las quijadas desdoblarse , que estaban magras y alforzadas , y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez . Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días , y aún parecíamos sombras de otros hombres , y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo . Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra , y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles . Si acaso , comiendo , alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero , se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día .
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