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— Sí , ¡ buen niño Jesús está él ! — gruñó Julián — . El mismísimo enemigo malo , ¡ Dios me perdone ! No le tenga lástima , señorita ; es un diablillo , más travieso que un mico . . . . Lo que no hice yo para enseñarle a leer y escribir , para acostumbrarle a que se lavase esos hocicos y esas patas . . . . ¡ Ni atándolo , señorita , ni atándolo ! Y está más sano que una manzana con la vida que trae . Ya se ha caído dos veces al estanque este año , y de una por poco se ahoga . — Vaya , Julián , ¿ qué quiere usted que haga a su edad ? No ha de ser formal como los mayores . Ven conmigo , rapaz , que voy a arreglarte algo para que te tapes esas piernecitas . . . . ¿ No tiene calzado ? Pues hay que encargarle unos zuecos bien fuertes , de álamo . . . . Y le voy a predicar un sermón a su madre para que me lo enjabone todos los días . Usted le va a dar lección otra vez . O le haremos ir a la escuela , que será lo mejor . No hubo quien apease a Nucha de su caritativo propósito . Julián estaba con el alma en un hilo , temiendo que de semejante aproximación resultase alguna catástrofe . No obstante , la bondad natural de su corazón hizo que se interesase nuevamente por aquella obra pía , que ya había intentado sin fruto . Veía en ella mayor demostración de la hermosura moral de Nucha . Parecíale que era providencial el que la señorita cuidase a aquel mal retoño de tronco ruin . Y Nucha entretanto se divertía infinito con su protegido ; hacíale gracia su propia desvergüenza , sus instintos truhanescos , su afán por apandar huevos y fruta , su avidez al coger las monedas , su afición al vino y a los buenos bocados . Aspiraba a enderezar aquel arbolito tierno , civilizándole a la vez la piel y el espíritu . Obra de romanos , decía el capellán . - XV - Por entonces se dedicó el matrimonio Moscoso a pagar visitas de la aristocracia circunvecina . Nucha montaba la borriquilla , y su marido la yegua castaña ; Julián los acompañaba en mula ; alguno de los perros favoritos del marqués se incorporaba a la comitiva siempre , y dos mozos , vestidos con la ropa dominguera , la más bordada faja , el sombrero de fieltro nuevecito , empuñando varas verdes que columpiaban al andar , iban de espolistas , encargados de tener mano de las monturas cuando se apeasen los jinetes . La tanda empezó por la señora jueza de Cebre . Abrió la puerta la criada en pernetas , que al ver a Nucha bajarse de su cabalgadura y arreglar los volantes del traje con el mango de la sombrilla , echó a correr despavorida hacia el interior de la casa , clamando como si anunciase fuego o ladrones : — Señora . . . . ¡ Ay , mi señora ! ¡ Unos señores . . . ! , ¡ hay unos señores aquí ! Ningún eco respondió a sus alaridos de consternación ; pero transcurridos breves minutos , apareció en el zaguán el juez en persona , deshaciéndose en excusas por la torpeza de la muchacha : era inconcebible el trabajo que costaba domesticarlas ; se les repetía mil veces la misma cosa , y nada , no aprendían a recibir a las . . . pues . . . de la manera que . . . . Al murmurar así , arqueaba el codo ofreciendo a Nucha el sostén de su brazo para subir la escalera ; y siendo ésta tan angosta que no cabían dos personas de frente , la señora de Moscoso pasaba los mayores trabajos del mundo intentando asirse con las yemas de los dedos al brazo del buen señor , que subía dos escalones antes que ella todo torcido y sesgado . Llegados a la puerta de la sala , el juez empezó a palparse , buscando ansiosamente algo en los bolsillos , articulando a media voz monosílabos entrecortados y exclamaciones confusas . De repente exhaló una especie de bramido terrible .
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