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— Ahora alegrarse , don Pedro — dijo el médico — . Lo peor está pasado . Se ha conseguido lo que usted tanto deseaba . . . . ¿ No quería usted que la criatura saliese toda viva y sin daño ? Pues ahí la tenemos , sana y salva . Ha costado trabajillo . . . , pero al fin . . . . Encogióse despreciativamente de hombros el marqués , como amenguando el mérito del facultativo , y murmuró no sé qué entre dientes , prosiguiendo en su paseo de arriba abajo y de abajo arriba , con las manos metidas en los bolsillos , el pantalón tirante cual lo estaba el espíritu de su dueño . — Es un angelito , como dicen las viejas — añadió maliciosamente Juncal , que parecía gozarse en la cólera del hidalgo — ; sólo que angelito hembra . A estas cosas hay que resignarse ; no se inventó el modo de escribir al cielo encargando y explicando bien el sexo que se desea . . . . Otro espumarajo de rabia y grosería brotó de los labios de don Pedro . Juncal rompió a reír , secándose con la toalla . — La mitad de la culpa por lo menos la tendrá usted , señor marqués — exclamó — . ¿ Quiere usted hacerme favor de un cigarrito ? Al ofrecer la petaca abierta , don Pedro hizo una pregunta . Máximo recobró la seriedad para contestarla . — Yo no he dicho tanto como eso . . . . Me parece que no . Cierto que cuando las batallas son muy porfiadas y reñidas puede suceder que el combatiente quede inválido ; pero la naturaleza , que es muy sabia , al someter a la mujer a tan rudas pruebas , le ofrece también las más impensadas reparaciones . . . . Ahora no es ocasión de pensar en eso , sino en que la madre se restablezca y la chiquita se críe . Temo algún percance inmediato . . . . Voy a ver . . . . La señora se ha quedado tan abatida . . . . Entró Primitivo , y sin mostrar alteración ni susto dijo « que subiese don Máximo , que al capellán le había dado algo ; que estaba como difunto » . — Vamos allá , hombre , vamos allá . Esto no estaba en el programa — murmuró Juncal . — ¡ Qué trazas de mujercita tiene ese cura ! ¡ Qué poquito estuche ! Lo que es éste no cogerá el trabuco , aunque lleguen a levantarse las partidas con que anda soñando el jabalí del abad de Boán . - XVIII - Largos días estuvo Nucha detenida ante esas lóbregas puertas que llaman de la muerte , con un pie en el umbral , como diciendo : « ¿ Entraré ? ¿ No entraré ? » . Empujábanla hacia dentro las horribles torturas físicas que habían sacudido sus nervios , la fiebre devoradora que trastornó su cerebro al invadir su pecho la ola de la leche inútil , el desconsuelo de no poder ofrecer a su niña aquel licor que la ahogaba , la extenuación de su ser del cual la vida huía gota a gota sin que atajarla fuese posible . Pero la solicitaban hacia fuera la juventud , el ansia de existir que estimula a todo organismo , la ciencia del gran higienista Juncal , y particularmente una manita pequeña , coloradilla , blanda , un puñito cerrado que asomaba entre los encajes de una chambra y los dobleces de un mantón .
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