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Furioso , amenazador , enarbolaba don Pedro un arma extraña , una bota de acero , que se disponía a dejar caer sobre la cabeza del capellán . Éste no hacía movimiento alguno para desviarse , y la bota tampoco acababa de caer ; era una angustia intolerable , una agonía sin término ; de repente sintió que se le posaba en el hombro una lechuza feísima , con greñas blancas . Quiso gritar : en sueños el grito se queda siempre helado en la garganta . La lechuza reía silenciosamente . Para huir de ella , saltaba el foso ; mas éste ya no era foso , sino la represa del molino ; el castillo feudal también mudaba de hechura sin saberse cómo ; ahora se parecía a la clásica torre que tienen en las manos las imágenes de Santa Bárbara ; una construcción de cartón pintado , hecha de sillares muy cuadraditos , y a cuya ventana asomaba un rostro de mujer pálido , descompuesto . . . . Aquella mujer sacó un pie , luego otro . . . fue descolgándose por la ventana abajo . . . . ¡ Qué asombro ! ¡ Era la sota de bastos , la mismísima sota de bastos , muy sucia , muy pringosa ! Al pie del muro la esperaba el caballo de espadas , una rara alimaña azul , con la cola rayada de negro . Mas a poco Julián reconoció su error : ¡ qué caballo de espadas ! No era sino San Jorge en persona , el valeroso caballero andante de las celestiales milicias , con su dragón debajo , un dragón que parecía araña , en cuya tenazuda boca hundía la lanza con denuedo . . . . Brillante y aguda , la lanza descendía , se hincaba , se hincaba . . . . Lo sorprendente es que el lanzazo lo sentía Julián en su propio costado . . . . Lloraba muy bajito , queriendo hablar y pedir misericordia ; nadie acudía en su auxilio , y la lanza le tenía ya atravesado de parte a parte . . . . Despertó repentinamente , resintiéndose de una punzada dolorosa en la mano derecha , sobre la cual había gravitado el peso del cuerpo todo , al acostarse del lado izquierdo , posición favorable a las pesadillas . - XX - Los sueños de las noches de terror suelen parecer risibles apenas despunta la claridad del nuevo día ; pero Julián , al saltar de la cama , no consiguió vencer la impresión del suyo . Proseguía el hervor de la imaginación sobrexcitada : miró por la ventana , y el paisaje le pareció tétrico y siniestro ; verdad es que entoldaban la bóveda celeste nubarrones de plomo con reflejos lívidos , y que el viento , sordo unas veces y sibilante otras , doblaba los árboles con ráfagas repentinas . El capellán bajó la escalera de caracol con ánimo de decir su misa , que a causa del mal estado de la capilla señorial acostumbraba celebrar en la parroquia . Al regresar y acercarse a la entrada de los Pazos , un remolino de hojas secas le envolvió los pies , una atmósfera fría le sobrecogió , y la gran huronera de piedra se le presentó imponente , ceñuda y terrible , con aspecto de prisión , como el castillo que había visto soñando . El edificio , bajo su toldo de negras nubes , con el ruido temeroso del cierzo que lo fustigaba , era amenazador y siniestro . Julián penetró en él con el alma en un puño . Cruzó rápidamente el helado zaguán , la cavernosa cocina , y , atravesando los salones solitarios , se apresuró a refugiarse en la habitación de Nucha , donde acostumbraban servirle el chocolate por orden de la señorita .
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