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— ¡ Filomena , Filomena ! Aquí , mujer , aquí . . . . Agua , vinagre . . . , el frasquito aquél . . . . ¿ Dónde está el frasco que vino de la botica de Cebre ? Aflójele el vestido . . . . Ya me vuelvo de espaldas , mujer , no necesitaba avisármelo . . . . Unos pañitos fríos en las sienes . . . . ¡ Si truena , que truene ! Deje tronar . . . . Acuda a la señorita . . . . Déle aire con este papel aunque sea . . . . ¿ Ya está cubierta y floja ? Se lo daré yo , poquito a poco . . . . Que respire bien el vinagre . . . - XXI - Notóse días después alguna mejoría en el estado general de la señora de Ulloa , con lo cual el capellán revivió y se le animó también el marchito semblante . El marqués andaba en extremo distraído , organizando una cazata a los lejanos montes de Castrodorna , más allá del río ; el tiempo se aseguraba ; las noches eran de helada , claras y glaciales ; acercábase el plenilunio , y todo prometía feliz éxito . La víspera de la salida al cazadero vinieron a dormir a los Pazos el notario de Cebre , el señorito de Limioso , el cura de Boán , el de Naya , y un cazador furtivo , escopeta negra infalible , conocida en el país por el alias de Bico de rato ( hocico de ratón ) , mote apropiadísimo a la color tiznada de su cara , donde giraban dos ojuelos vivarachos . Llenóse la casa de ruido , de tilinteo de cascabeles , de cadencia de uñas de perros sobre los pisos de madera , de voces sonoras y de órdenes para tener en punto al amanecer todos los arreos de caza . La cena fue regocijada y ruidosa : se bromeó , se contaron de antemano las perdices que habían de sucumbir , se saborearon por adelantado las provisiones que se llevaban al monte , y se remojó previamente el gaznate con jarros de un tinto añejo que daba gloria . A la hora de los postres y del café , habiéndose retirado Nucha , que por el ansia de su niña se recogía temprano , subieron de la cocina Primitivo y el ratón , y los futuros compañeros de glorias y fatigas comenzaron a fraternizar fumando y trincando a competencia . Era el momento más sabroso , el verdadero instante de felicidad espiritual para un cazador de raza : era el minuto de las anécdotas cinegéticas y , sobre todo , de los embustes . Para éstos se establecía turno pacífico , pues nadie renunciaba a soltar su correspondiente bola , y crecían en magnitud conforme se enredaba la plática . Formaban círculo los cazadores , y a sus pies dormían enroscados los perros , con un ojo cerrado y otro entreabierto y de párpado convulso ; a veces , cuando se aplacaban las risotadas y las frases chistosas , se oía a los canes tocar la guitarra , espulgarse a toda orquesta , ladrar por sueños , sacudir las orejas y suspirar con resignación . Nadie les hacía caso . El hocico de ratón tiene la palabra : — ¡ Pueda que no me lo crean y es tan cierto como que habemos de morir y la tierra nos ha de comer ! Para más verdá fue un día de San Silvestre . . . . — Andarían las brujas sueltas — interrumpió el cura de Boán .
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