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Se quejaba de una aflición , una cosa repentina , y Julián , turbado pero compadecido , acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes , y a fin de ejecutarlo se acercó a la acongojada enferma . Apenas se inclinó hacia ella , pudo — a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia — convencerse de que el supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima y sinvergüenza calificada . Una ola de sangre encendió a Julián hasta el cogote : sintió la cólera repentina , ciega , que rarísima vez fustigaba su linfa , y señalando a la puerta , exclamó : — Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones . . . , ¿ entiende usted ? No me vuelve usted a cruzar esa puerta . . . . Todo , todo lo que necesite , me lo traerá Cristobo . . . . ¡ Largo inmediatamente ! Retiróse la moza cabizbaja y mohína , como quien acaba de sufrir pesado chasco . Julián , por su parte , quedó tembloroso , agitado , descontento de sí mismo , cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato de ira : hasta sentía dolor físico , en el epigastrio . A no dudarlo , se había excedido ; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa , en vez de palabras de menosprecio . Su obligación de sacerdote era enseñar , corregir , perdonar , no pisotear a la gente como a los bichos del archivo . Al cabo Sabel tenía un alma , redimida por la sangre de Cristo igual que otra cualquiera . Pero ¿ quién reflexiona , quién se modera ante tal descaro ? Hay un movimiento que llaman los escolásticos primo primis fatal e inevitable . Así se consolaba el capellán . De todos modos , era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra , no más púdica que las vacas . ¿ Cómo podía haber mujeres así ? Julián recordaba a su madre , tan modosa , siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y suave , con su casabé abrochado hasta la nuez , sobre el cual , para mayor recato , caía liso , sin arrugas , un pañuelito de seda negra . ¡ Qué mujeres ! ¡ Qué mujeres se encuentran por el mundo ! Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse el agua , porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes , y a Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta . Lo que más extrañeza y susto le causó fue observar que Primitivo , después del suceso , no se recataba ya para mirarle con fijeza terrible , midiéndole con una ojeada que equivalía a una declaración de guerra . Julián no podía dudar que estorbaba en los Pazos : ¿ por qué ? A veces meditaba en ello interrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros de San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio ; pero al poco rato , descorazonado por tanta mezquina contrariedad , desesperando de ser útil jamás a la casa de Ulloa , se enfrascaba nuevamente en sus páginas místicas . - VI - De los párrocos de las inmediaciones , con ninguno había hecho Julián tan buenas migas como con don Eugenio , el de Naya .
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