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— ¿ Y cree usted , santo de Dios , que no se me había ocurrido a mí ? ¿ Piensa usted que no sueño todas las noches con un chiquillo que se me parezca , que no sea hijo de una bribona , que continúe el nombre de la casa . . . , que herede esto cuando yo me muera . . . y que se llame Pedro Moscoso , como yo ? Al decir esto golpeábase el marqués su fornido tronco , su pecho varonil , cual si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciado heredero . Julián , lleno de esperanza , iba a animarle en tan buenos propósitos ; pero se estremeció de repente , pues creyó sentir a sus espaldas un rumor , un roce , el paso de un animal por entre la maleza . — ¿ Qué es eso ? — exclamó volviéndose — . Parece que anda por aquí el zorro . El marqués le cogió del brazo . — Primitivo . . . — articuló en voz baja y ahogada de ira — . Primitivo que nos atisbará hace un cuarto de hora , oyendo la conversación . . . . Ya está usted fresco . . . . Nos hemos lucido . . . . ¡ Me valga Dios y los santos de la corte celestial ! También a mí se me acaba la cuerda . ¡ Vale más ir a presidio que llevar esta vida ! - VIII - Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios que brotaban en sus carrillos , Julián maduraba un proyecto : afeitado y limpio que fuese , emprendería el camino de Cebre un pie tras otro , en el caballo de San Francisco ; allí le pediría al cura una jícara de chocolate , y esperaría en la rectoral hasta las doce , hora en que pasa la diligencia de Orense a Santiago ; malo sería que en interior o cupé no hubiese un asiento vacante . Tenía dispuesto su maletín : lo enviaría a buscar desde Cebre por un mozo . Y calculando así , miraba contristado el paisaje ameno , el huerto con su dormilón estanque , el umbrío manchón del soto , la verdura de los prados y maizales , la montaña , el limpio firmamento , y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulce soledad y silencio , tan de su gusto , que deseaba pasar allí la vida toda . ¡ Cómo ha de ser ! Dios nos lleva y trae según sus fines . . . . No , no era Dios , sino el pecado , en figura de Sabel , quien lo arrojaba del paraíso . . . . Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla . . . . Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño , porque le dieron una palmada en el hombro . Se volvió . . . . ¿ Quién había de conocer a don Pedro , tan metamorfoseado como venía ? Afeitado también , aunque sin detrimento de su barba , que brillaba suavizada por el aceite de olor , trascendiendo a jabón y a ropa limpia , vestido con traje de mezclilla , chaleco de piqué blanco , hongo azul , y al brazo un abrigo , parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo y diferente , con veinte grados más de educación y cultura que el anterior . De golpe lo comprendió todo Julián . . . y la sangre le dio gozoso vuelco . — ¡ Señorito . . . ! — Ea , despachar , que corre prisa . . . . Tiene usted que acompañarme a Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía . — ¿ De veras viene usted ? ¡ Mismo parece cosa de milagro ! Yo estuve hoy arreglando la maleta . ¡ Bendito sea Dios ! Pero si usted determina que me quede aquí entretanto . . . .
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