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XV El largo descanso en el café le permitió recorrer como una exhalación la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza , donde vivía la señorita Obdulia , a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a casa , pues era indudable que a la niña correspondía la mitad , perra más o menos , de uno de los duros de D . Carlos . A las doce menos cuarto entraba en el portal , que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta de una cárcel . En lo bajo había un establecimiento de burras de leche , con borriquitas pintadas en la muestra , y dentro vivían , sin aire ni luz , las pacíficas nodrizas de tísicos , encanijados y catarrosos . En la portería daban asilo a un conocido de Benina , el ciego Pulido , que era también punto fijo en San Sebastián . Con él y con el burrero charló un rato antes de subir , y ambos le dieron dos noticias muy malas : que iba a subir el pan y que había bajado mucho la Bolsa , señal lo primero de que no llovía , y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda , todo porque los artistas pedían las ocho horas y los amos no querían darlas . Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaría todo el dinero metálico y no quedaría más que papel , hasta para las pesetas , y que echarían nuevas contribuciones , inclusive , por rascarse y por darse de quién a quién los buenos días . Con estas malas impresiones subió Benina la escalera , tan descansada como lóbrega , con los peldaños en panza , las paredes desconchadas , sin que faltaran los letreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas de cuarterones , por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera , ni los faroles sucios que de día semejaban urnas de santos . En el primer piso , bajando del cielo , con vecindad de gatos y vistas magníficas a las tejas y buhardillones , vivía la señorita Obdulia ; su casa , por la anchura de las habitaciones destartaladas y frías , hubiera parecido convento , a no ser por la poca elevación de los techos , que casi se cogían con la mano . Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas , como en el Congo las levitas y chisteras ; sólo en lo que llamaban gabinete había un pedazo de fieltro raído , rameado de azul y rojo , como de dos varas en cuadro . Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas rotas , sus patas inválidas , sus posturas claudicantes , el desastre de sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza . La misma Obdulia abrió la puerta a Benina , diciéndole que la había sentido subir , y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una pareja de gatos muy bonitos , que mayando la miraban , el rabo tieso , frotando su lomo contra ella . « Los pobres animalitos — dijo la niña con más lástima de ellos que de sí misma — , no se han desayunado todavía » . Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa , de corte elegante , ya descompuesta por el mucho uso , las delanteras manchadas de chocolate y grasa , algún siete en las mangas , la falda arrastrada , revelándose en todo , como prenda adquirida de lance , que a su dueña le venía un poco ancha , por aquello de que la difunta era mayor . De todos modos , tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa de Luquitas .
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