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D . Frasquito era lo que vulgarmente se llama un alma de Dios . Su edad no se sabía , ni en parte alguna constaba , pues se había quemado el archivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron . Poseía el raro privilegio físico de una conservación que pudiera competir con la de las momias de Egipto , y que no alteraban contratiempos ni privaciones . Su cabello se conservaba negro y abundante ; la barba , no ; pero con un poco de betún casi armonizaban una con otro . Gastaba melenas , no de las románticas , desgreñadas y foscas , sino de las que se usaron hacia el 50 , lustrosas , con raya lateral , los mechones bien ahuecaditos sobre las orejas . El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones y modelarlos en su sitio , era uno de esos resabios fisiológicos , de segunda naturaleza , que llegan a ser parte integrante de la primera . Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta , el rostro de Frasquito Ponte era de los que llaman aniñados , por no sé qué expresión de ingenuidad y confianza que veríais en su nariz chica , y en sus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos . Miraban siempre con ternura , lanzando sus rayos de ocaso melancólico en medio de un celaje de lagrimales pitañosos , de pestañas ralas , de párpados rugosos , de extensas patas de gallo . Dos presunciones descollaban entre las muchas que constituían el orgullo de Ponte Delgado , a saber : la melena y el pie pequeño . Para las mayores desdichas , para las abstinencias más crueles y mortificantes , tenía resignación ; para llevar zapatos muy viejos o que desvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de sus piececitos , no la tenía , no . XVI Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos . Nadie como él sabía encontrar en excéntricos portales sastres económicos , que por poquísimo dinero volvían una pieza ; nadie como él sabía tratar con mimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los años , conservándose en los puros hilos ; nadie como él sabía emplear la bencina para limpieza de mugres , planchar arrugas con la mano , estirar lo encogido y enmendar rodilleras . Lo que le duraba un sombrero de copa no es para dicho . Para averiguarlo no valdría compulsar todas las cronologías de la moda , pues a fuerza de ser antigua la del chisterómetro que usaba , casi era moderna , y a esta ilusión contribuía el engaño de aquella felpa , tan bien alisada con amorosos cuidados maternales . Las demás prendas de ropa , si al sombrero igualaban en longevidad , no podían emular con él en el disimulo de años de servicio , porque con tantas vueltas y transformaciones , y tantos recorridos de aguja y pases de plancha , ya no eran sino sombra de lo que fueron . Un gabancillo de verano , clarucho , usaba D . Frasquito en todo tiempo : era su prenda menos inveterada , y le servía para ocultar , cerrado hasta el cuello , todo lo demás que llevaba , menos la mitad de los pantalones . Lo que se escondía debajo de la tal prenda , sólo Dios y Ponte lo sabían .
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