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XXI La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia . Fue recibida Benina por la encargada , y por un hombre llamado Prieto , que disfrutaba de toda la confianza de aquella , y llevaba la contabilidad del alquiler diario de camas . No tuvo la anciana más remedio que esperar , pues aquel par de congrios carecían de facultades para resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba . Hablando , hablando , del negocio de dormir ( el año iba muy malo , y cada noche dormía menos gente , y los micos menudeaban ) , ocurriole a Benina preguntar por Frasquito Ponte ; a lo que respondió Prieto que la noche anterior se habían visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya de siete camas , y no había dado nada a cuenta . « ¡ Pobre señor ! — dijo Benina — ; habrá dormido al raso . . . Es un dolor . . . a sus años . . . Mejorando lo presente , es más viejo que la Cuesta de la Vega » . Refirió la encargada que no sabiendo Don Frasquito dónde meterse , había conseguido ser albergado en la casa del Comadreja , calle de Mediodía Chica , dos pasos de allí . Por más señas , había corrido la noticia de que estaba enfermo . Al oír esto , olvidósele repentinamente a Benina el objeto principal que a tal sitio la llevara , y no pensó más que en averiguar qué había sido del desamparado Frasquito . Tiempo tenía de dar un salto a la casa del Comadreja , y volver a punto que regresase a su domicilio la Doña Bernarda . Dicho y hecho . Un momento después , entraba la diligente anciana en la fementida tabernuca que da la cara al público en el establecimiento citado , y lo primero que allí vio fue la abominable estampa de Luquitas , el esposo de Obdulia , que con otros perdidos y dos o tres mujeres zarrapastrosas , jugaba a las cartas en una sucia mesilla circular , entre copas de Cariñena y Pardillo . En el momento de entrar Benina , acababan un juego , y antes de echar otra mano , el hijo de Doña Paca tiró sobre la mesa los asquerosos naipes , que en mugre competían con las manos de los jugadores ; se levantó tambaleándose , y con media lengua y finura desconcertada , de la que suelen emplear los borrachos , ofreció a la criada de su suegra un vaso de vino . « Quite allá , señorito , yo ya he bebido . . . Se agradece . . . » — dijo la anciana , rechazando el vaso . Pero tan pesado se puso el señorito , y con tal insistencia le coreaban los demás pidiendo que bebiese la señora , que esta tuvo miedo , y tomó la mitad del contenido del vaso pegajoso . No quería ponerse a mal con aquella gentuza , por lo que pudiera tronar , y sin perder tiempo ni meterse en dimes y diretes con el vicioso Luquitas , por el abandono en que a su mujer tenía , se fue derecha a su objeto : « ¿ Y no está por aquí la Pitusa ?
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