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— Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro escondido . . . Mira tú , ¿ quién nos dice que en esta casa antigua , que habitaron en otro tiempo comerciantes ricos , no hay dentro de tal pared o tabique alguna olla bien repleta de peluconas ? — Yo he oído contar que en el siglo pasado vivieron aquí unos almacenistas de paños , poderosos , y cuando se murieron . . . no se encontró dinero ninguno . Bien pudiera ser que lo emparedaran . Se han dado casos , muchos casos . — Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca . . . Pero a saber dónde demontres lo escondieron esos indinos . ¿ No habría manera de averiguarlo ? — ¡ No sé . . . no sé ! — murmuró Benina , dejando volar su mente vagarosa hacia los orientales conjuros propuestos por Almudena . — Y si en las paredes no , debajo de los baldosines de la cocina o de la despensa puede estar lo que aquellos señores escondieron , creyendo que lo iban a disfrutar en el otro mundo . — Podrá ser . . . Pero es más probable que sea en las paredes , o , un suponer , en los techos , entre las vigas . . . — Me parece que tienes razón . Lo mismo puede ser arriba que abajo . Yo te aseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en el comedor , y se estremece todo el caserón como si quisiera derrumbarse , me parece que siento un ruidillo . . . así como de metales que suenan y hacen tilín . . . ¿ No lo has sentido tú ? — Sí , señora . — Y si no , haz la prueba ahora mismo . Date unos paseos por la alcoba , pisando fuerte , y oiremos . . . » . Hízolo Benina como su señora mandaba , con no menos convicción y fe que ella , y en efecto . . . oyeron un retintín metálico , que no podía provenir más que de las enormes cantidades de plata y oro ( más oro que plata seguramente ) empotradas en la vetusta fábrica . Con esta ilusión se durmieron ambas , y en sueños seguían oyendo el tin , tin . . . La casa era como un inmenso cuerpo , y sudaba , y por cada uno de sus infinitos poros soltaba una onza , o centén , o monedita de veintiuno y cuartillo . XXVII A la mañanita del siguiente día iba Benina camino de las Cambroneras , con su cesta al brazo , pensando , no sin inquietud , en las exaltaciones del buen Almudena , que le llevarían de pronto a la locura , si ella , con su buena maña , no lograba contenerle en la razón . Más abajo de la Puerta de Toledo encontró a la Burlada y a otra pobre que pedía con un niño cabezudo . Díjole su compañera de parroquia que había trasladado su domicilio al Puente , por no poderse arreglar en el riñón de Madrid con la carestía de los alquileres y la mezquindad del fruto de la limosna . En una casucha junto al río le daban hospedaje por poco más de nada , y a esta ventaja unía la de ventilarse bien en los paseos que se daba mañana y tarde , del río al punto y del punto al río . Interrogada por Benina acerca del ciego moro y de su vivienda , respondió que le había visto junto a la fuentecilla , pasado el Puente , pidiendo ; pero que no sabía dónde moraba .
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