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En la escalera detuvieron a Benina dos vejanconas , una de las cuales le dijo con mal modo : « ¡ Vaya , que confundirla a usted con Doña Guillermina ! . . . ¡ Zopencos , más que burros ! Si aquella era un ángel vestido de persona , y esta . . . bien se ve que es una tía ordinaria , que viene acá dándose el pisto de repartir limosnas . . . ¡ Señora ! . . . ¡ vaya una señora ! . . . apestando a cebolla cruda . . . y con esas manos de fregar . . . Ahora se dan santas del pan pringao , y . . . ¡ a cuarto las imágenes ; caras de Dios a cuarto ! » . No hizo caso la buena mujer , y siguió su camino ; pero en la calle , o como quiera que se llame aquel espacio entre casas , se vio importunada por sinnúmero de ciegos , mancos y paralíticos , que le pedían con tenaz insistencia pan , o perras con qué comprarlo . Trató de sacudirse el molesto enjambre ; pero la seguían , la acosaban , no la dejaban andar . No tuvo más remedio que gastarse en pan otra peseta y repartirlo presurosa . Por fin , apretando el paso , logró ponerse a distancia de la enfadosa pobretería , y se encaminó al vertedero donde esperaba encontrar al buen Mordejai . En el propio sitio del día anterior estaba mi hombre aguardándola ansioso ; y no bien se juntaron , sacó ella de la cesta los víveres que llevaba , y se pusieron a comer . Mas no quería Dios que aquella mañana le saliesen las cosas a Benina conforme a su buen corazón y caritativas intenciones , porque no hacía diez minutos que estaban comiendo , cuando observó que en el camino , debajito del vertedero , se reunían gitanillos maleantes , alguno que otro lisiado de mala estampa , y dos o tres viejas desarrapadas y furibundas . Mirando al grupo idílico que en la escombrera formaban la anciana y el ciego , toda aquella gentuza empezó a vociferar . ¿ Qué decían ? No era fácil entenderlo desde arriba . Palabras sueltas llegaban . . . que si era santa de pega ; que si era una ladrona que se fingía beata para robar mejor . . . que si era una lame - cirios y chupa - lámparas . . . En fin , aquello se iba poniendo malo , y no tardó en demostrarlo una piedra , ¡ pim ! lanzada por mano vigorosa , y que Benina recibió en la paletilla . . . Al poco rato , ¡ pim , pam ! otra y otras . Levantáronse ambos despavoridos , y recogiendo en la cesta la comida , pensaron en ponerse en salvo . La dama cogió por el brazo a su caballero y le dijo : « Vámonos , que nos matan » . XXX Trepando difícilmente por el declive pedregoso , cayendo y levantándose a cada instante , cogidos del brazo , las cabezas gachas , huían del formidable tiroteo . Este llegó a ser tan intenso , que no había respiro entre golpe y golpe . A Benina la tocaron los proyectiles en partes vestidas , donde no podían hacer gran daño ; pero Almudena tuvo la desgracia de que un guijarro le cogiese la cabeza en el momento de volverse para increpar al enemigo , y la descalabradura fue tremenda . Cuando llegaron , jadeantes y doloridos , a un sitio resguardado de la terrible lluvia de piedras , la herida del marroquí chorreaba sangre , tiñendo de rojo su faz amarilla . Lo extraño era que el descalabrado callaba , y la que había salido ilesa ponía el grito en el cielo , pidiendo rayos y centellas que confundieran a la infame cuadrilla .
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