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V Esto pensaba , cuando Almudena , volviendo de una meditación calculista , que debía de ser muy triste por la cara que ponía , te dijo : « ¿ No tenier tú cosa que peinar ? — No , hijo : todo empeñado ya , hasta las papeletas . — ¿ No haber persona que priestar ti ? — No hay nadie que me fíe ya . No doy un paso sin encontrar una mala cara . — Señor Carlos llamar ti mañana . — Mañana está muy lejos , y yo necesito el duro hoy , y pronto , Almudena , pronto . Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que tengo en la garganta . — No llorar , amri . Tú ser buena migo ; yo arremediando ti . . . Veslo ahora . — ¿ Qué se te ocurre ? Dímelo pronto . — Yo peinar ropa . — ¿ El traje que compraste en el Rastro ? ¿ Y cuánto crees que te darán ? — Dos piesetas y media . — Yo haré por sacar tres . ¿ Y lo demás ? — Vamos a casa migo — dijo Almudena levantándose con resolución . — Prontito , hijo , que no hay tiempo que perder . Es muy tarde . ¡ Pues no hay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda ! » . Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes , hablando poco . Benina , más sofocada por la ansiedad que por la viveza del paso , echaba lumbre de su rostro , y cada vez que oía campanadas de relojes hacía una mueca de desesperación . El viento frío del Norte les empujaba por la calle abajo , hinchando sus ropas como velas de un barco . Las manos de uno y otro eran de hielo ; sus narices rojas destilaban . Enronquecían sus voces ; las palabras sonaban con oquedad fría y triste . No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de Toledo , hallaron el parador de Santa Casilda , vasta colmena de viviendas baratas alineadas en corredores sobrepuestos . Entrase a ella por un patio o corralón largo y estrecho , lleno de montones de basura , residuos , despojos y desperdicios de todo lo humano . El cuarto que habitaba Almudena era el último del piso bajo , al ras del suelo , y no había que franquear un solo escalón para penetrar en él . Componíase la vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo : a un lado la cocina , a otro la sala , que también era alcoba o gabinete , con piso de tierra bien apisonado , paredes blancas , no tan sucias como otras del mismo caserón o humana madriguera . Una silla era el único mueble , pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas , arrimado todo a un ángulo . La cocinilla no estaba desprovista de pucheros , cacerolas , botellas , ni tampoco de víveres . En el centro de la habitación , vio Benina un bulto negro , algo como un lío de ropa , o un costal abandonado . A la escasa luz que entraba después de cerrada la puerta , pudo observar que aquel bulto tenía vida . Por el tacto , más que por la vista , comprendió que era una persona . « Ya estar aquí la Pedra borracha . — ¡ Ah ! ¡ qué cosas ! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto . . . Borrachona , sinvergüenzonaza . . . Pero no perdamos tiempo , hijo ; dame el traje , que yo lo llevaré . . . y con la ayuda de Dios , sacaré siquiera dos ochenta . Ve pensando en buscarme lo que falta . La Virgen Santísima te lo dará , y yo he de rezarle para que te lo dé doblado , que a mí seguro es que no quiere darme cosa ninguna » .
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