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Ella avanzaba con precaución , mirando á un lado y á otro , como el que presiente un peligro . Al descubrirle se apretó contra el ciego , lanzando á su antiguo amante una mirada de súplica , de desesperación , implorando misericordia . . . ¡ Ay , esta mirada ! Sintió vergüenza ; su personalidad parecía haberse desdoblado : se contempló á si mismo con ojos de juez . ¿ Qué hacía allí el llamado Julio Desnoyers , hombre seductor é inútil , atormentando con su presencia á una pobre mujer , queriendo desviarla de su noble arrepentimiento , insistiendo en sus egoístas y pequeños deseos , cuando la humanidad entera pensaba en otras cosas ? . . . Su cobardía le irritó . Como el ladrón que se aprovecha del sueño de su víctima , él rondaba en torno de un hombre bueno y valeroso que no podía verle , que no podía defenderse , para robarle el único afecto que tenía en el mundo y que milagrosamente volvía hacia él . ¡ Muy bien , señor Desnoyers ! . . . ¡ Ah , canalla ! Estos insultos exteriores le hicieron erguirse , altivo , cruel , inexorable , contra aquel otro yo digno de su desprecio . Ladeó la cabeza : no quiso encontrar los ojos suplicantes de Margarita ; tuvo miedo á su mudo reproche . Tampoco se atrevió á mirar al ciego , con su uniforme rapado y heroico , con su rostro envejecido por el deber y la gloria . Le temía como á un remordimiento . Volvió la espalda al grupo : se alejó . ¡ Adiós , amor ! ¡ Adiós , felicidad ! . . . Marchaba ahora con paso firme ; un milagro acababa de realizarse en su interior : había encontrado su camino . ¡ A París ! . . . Una ilusión nueva iba á poblar el inmenso vacío de su existencia sin objeto . V La invasión Huía don Marcelo para refugiarse en su castillo , cuando encontró al alcalde de Villeblanche . El estrépito de la descarga le había hecho correr hacia la barricada . Al enterarse de la aparición del grupo de rezagados elevó los brazos desesperadamente . Estaban locos . Su resistencia iba á ser fatal para el pueblo . Y siguió corriendo para rogarles que desistiesen de ella . Transcurrió mucho tiempo sin que se turbase la calma de la mañana . Desnoyers había subido á lo más alto de uno de sus torreones y con los anteojos exploraba el campo . No alcanzaba á distinguir la carretera ; sólo veía los grupos de árboles inmediatos . Adivinó con la imaginación debajo de este ramaje una oculta actividad : masas de hombres que hacían alto , tropas que se preparaban para el ataque . La inesperada defensa de los fugitivos había perturbado la marcha de la invasión . Desnoyers pensó en este puñado de locos y su testarudo jefe : ¿ qué suerte iba á ser la suya ? . . . Al fijar sus gemelos en las cercanías del pueblo vió las manchas rojas de los kepis deslizándose como amapolas sobre el verde de unas praderas . Eran ellos que se retiraban , convencidos de la inutilidad de su resistencia . Tal vez les habían indicado un vado ó una barca olvidada para salvar el Marne , y continuaban su retroceso hacia el río . De un momento á otro , los alemanes iban á entrar en Villeblanche .
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