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El grande hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el elemento civil . Siempre habían sido enemigos del parlamentarismo . — Además , Joffre se muestra intratable . No quiere curiosos . . . Mañana veré al Presidente . Pocos días después llegó á la casa de la avenida Víctor Hugo con un gesto de satisfacción que llenó de alegría á don Marcelo . — ¿ Ya está ? . . . — Ya está . . . Pasado mañana salimos . Desnoyers fué en la tarde siguiente al estudio de la rue de la Pompe . — Mañana me voy . El pintor deseó acompañarle . ¿ No podría ir también como secretario del senador ? . . . Don Marcelo sonrió . La autorización servía únicamente para Lacour y un acompañante . El era quien iba á figurar como secretario , ayuda de cámara ó lo que fuese de su futuro consuegro . Al final de la tarde salió del estudio , acompañado hasta el ascensor por las lamentaciones de Argensola . ¡ No poder agregarse á la expedición ! . . . Creía haber perdido la oportunidad , para pintar su obra maestra . Cerca de su casa encontró á Tchernoff . Don Marcelo estaba de buen humor . La seguridad de que iba á ver pronto á su hijo le comunicaba una alegría infantil . Casi abrazó al ruso , á pesar de su aspecto desastrado , sus barbas trágicas y su enorme sombrero , que hacían volver la cabeza á los transeuntes . Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo sobre un cielo coloreado por la puesta del sol . Una nube roja flotaba en torno del monumento , reflejándose en su blancura con palpitaciones purpúreas . Desnoyers se acordó de los cuatro jinetes y todo lo demás que le había contado Argensola antes de presentarle al ruso . — Sangre — dijo alegremente — . Todo el cielo parece de sangre . . . Es la bestia apocalíptica que ha recibido el golpe de gracia . Pronto la veremos morir . Tchernoff sonrió igualmente , pero su sonrisa fué melancólica . — No ; la bestia no muere . Es la eterna compañera de los hombres . Se oculta , chorreando sangre , cuarenta años . . . sesenta . . . un siglo , pero reaparece . Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga , que se esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que guardarán todavía nuestro recuerdo . III La guerra Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de arboleda . El bosque ofrecía una trágica desolación . Se había inmovilizado en él una tempestad muda , fijándolo todo en posiciones violentas , antinaturales . Ni un solo árbol conservaba la forma rectilínea y el abundante ramaje de los días de paz . Los grupos de pinos recordaban las columnatas de los templos ruinosos . Unos se mantenían erguidos en toda su longitud , pero sin el remate de la copa , como fustes que hubiesen perdido su capitel ; otros estaban cortados por la mitad , en pico de flauta , lo mismo que las pilastras partidas por el rayo . Algunos dejaban colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la madera muerta , á semejanza de un mondadientes roto .
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