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Su testamento lo guardaba un escribano español de Buenos Aires casi tan viejo como él . La familia sintió miedo al contemplar el voluminoso documento . ¿ Qué disposiciones terribles habría dictado Madariaga ? La lectura de la primera parte tranquilizó á Karl y Elena . El viejo mejoraba considerablemente á la esposa de Desnoyers ; pero aun así , quedaba una parte enorme para « la romántica » y los suyos . « Hago esto — decía — en memoria de mi pobre finada y para que no hablen las gentes . » Venían á continuación ochenta y seis legados , que formaban otros tantos capítulos del volumen testamentario . Ochenta y cinco individuos subidos de color — hombres y mujeres — , que vivían en la estancia largos años como puesteros y arrendatarios , recibían la última munificencia paternal del viejo . Al frente de ellos figuraba Celedonio , que en vida de Madariaga se había enriquecido ya sin otro trabajo que escucharle , repitiendo : « Así será , patrón . » Más de un millón de pesos representaban estas mandas en tierras y reses . El que completaba el número de los beneficiados era Julio Desnoyers . El abuelo hacía mención especial de él , legándole un campo « para que atendiera á sus gastos particulares , supliendo lo que no le diese su padre » . — ¡ Pero eso representa centenares de miles de pesos ! — protestó Karl , que se había hecho más exigente al convencerse de que su esposa no estaba olvidada en el testamento . Los días que siguieron á esta lectura resultaron penosos para la familia . Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen de despertar , contemplándolo bajo una nueva luz , con aspecto distinto . Olvidaban lo que iban á recibir , para ver únicamente las mejoras de los parientes . Desnoyers , benévolo y conciliador , tenía un plan . Experto en la administración de estos bienes enormes , sabía que un reparto entre los herederos iba á duplicar los gastos sin aumentar los productos . Calculaba además las complicaciones y desembolsos de una partición judicial de nueve estancias considerables , centenares de miles de reses , depósitos en los Bancos , casas en las ciudades y deudas por cobrar . ¿ No era mejor seguir como hasta entonces ? . . . ¿ No habían vivido en la santa paz de una familia unida ? . . . El alemán , al escuchar su proposición , se irguió con orgullo . No ; cada uno á lo suyo . Cada cual que viviese en su esfera . El quería establecerse en Europa , disponiendo libremente de los bienes . Necesitaba volver á « su mundo » . Desnoyers le miró frente á frente , viendo á un Karl desconocido , un Karl cuya existencia no había sospechado nunca cuando vivía bajo su protección , tímido y servil . También el francés creyó contemplar lo que le rodeaba bajo una nueva luz . — Está bien — dijo — . Cada uno que se lleve lo suyo . Me parece justo . III La familia Desnoyers La « sucesión Madariaga » — como decían en su lenguaje los hombres de ley interesados en prolongarla para aumento de su cuenta de honorarios — quedó dividida en dos grupos separados por el mar . Los Desnoyers se establecieron en Buenos Aires . Los Hartrott se trasladaron á Berlín luego que Karl hubo vendido todos los bienes , para emplear el producto en empresas industriales y tierras de su país .
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