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IV El primo de Berlín El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el último piso sobre la calle . El ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta . A sus espaldas , dos pequeños departamentos recibían la luz de un patio interior , teniendo como único medio de comunicación la escalera de servicio , que ascendía hasta las buhardillas . Argensola , al quedarse en el estudio durante el viaje de su compañero , había buscado la amistad de estos vecinos de piso . La más grande de las habitaciones se hallaba desocupada durante el día . Sus dueños sólo volvían después de comer en el restorán . Era un matrimonio de empleados , que únicamente permanecía en casa los días festivos . El hombre , vigoroso y de aspecto marcial , prestaba servicio de inspector en un gran almacén . Había sido militar en África , ostentaba una condecoración y tenía el grado de subteniente en el ejército de reserva . Ella era una rubia , abultada y algo anémica , de ojos claros y gesto sentimental . En los días de fiesta pasaba largas horas ante el piano , evocando sus recuerdos musicales , siempre los mismos . Otras veces la veía Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina , ayudada por su compañero , riendo los dos de sus torpezas é inexperiencias al improvisar la comida del domingo . La portera tenía á esta mujer por alemana , pero ella hacía constar su condición de suiza . Desempeñaba el empleo de cajera en un almacén que no era el de su compañero . Por las mañanas salían juntos , para separarse en la plaza de la Estrella , siguiendo cada uno distinta dirección . A las siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle , como enamorados que se encuentran por primera vez , y luego de su comida volvían al nido de la rue de la Pompe . Argensola se vió rechazado , en todos sus intentos de amistad , por el egoísmo de esta pareja . Le contestaban con una cortesía glacial : vivían únicamente para ellos . El otro departamento , compuesto de dos piezas , estaba ocupado por un hombre solo . Era un ruso ó polaco , que volvía casi siempre con paquetes de libros y pasaba largas horas escribiendo junto á una ventana del patio . El español le tuvo desde el primer momento por un hombre misterioso que ocultaba tal vez enormes méritos : un verdadero personaje de novela . Le impresionaba el aspecto exótico de Tchernoff : su barba revuelta , sus melenas aceitosas , sus gafas sobre una nariz amplia que parecía deformada por un puñetazo . Como un nimbo invisible le circundaba cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas ; Argensola lo percibía á través de la puerta de servicio : « El amigo Tchernoff que vuelve . » Y salía á la escalera interior para hablar con su vecino . Este defendió por mucho tiempo el acceso á su vivienda . El español llegó á creer que se dedicaba á la alquimia y otras operaciones misteriosas . Cuando al fin pudo entrar , vió libros , muchos libros , libros por todas partes , esparcidos en el suelo , alineados sobre tablas , apilados en los rincones , invadiendo sillas desvencijadas , mesas viejas , y una cama que sólo era rehecha de tarde en tarde , cuando el dueño , alarmado por la creciente invasión de polvo y telarañas , reclamaba el auxilio de una amiga de la portera .
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