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— Yo espero á ver qué hacen los Garibaldi — dijo Argensola modestamente — . Tal vez me vaya con ellos . Este nombre glorioso le hacía tolerable la servidumbre guerrera . Pero luego vacilaba : tendría de todos modos que obedecer á alguien en este cuerpo de voluntarios , y él era rebelde á una obediencia que no fuese precedida de largas discusiones . . . ¿ Qué hacer ? — Ha cambiado la vida en medio mes — - continuó — . Parece que hayamos caído en otro planeta : nuestras habilidades antiguas carecen de sentido . Otros pasan á las primeras filas , los más humildes y obscuros , los que ocupaban antes el último término . El hombre refinado y de complicaciones espirituales se ha hundido , quién sabe por cuántos años . . . Ahora sube á la superficie como triunfador el hombre simple , de ideas limitadas , pero firmes , que sabe obedecer . Ya no estamos de moda . Desnoyers asintió . Así era : ya no estaban de moda . El podía afirmarlo , que había conocido la notoriedad y pasaba ahora como un desconocido entre las mismas gentes que le admiraban meses antes . — Tu reino ha terminado — dijo Argensola riendo — . De nada te sirve ser buen mozo . Yo , con un uniforme y una cruz en el pecho , te vencería ahora en una rivalidad amorosa . El oficial únicamente hace soñar en tiempos de paz á las señoritas de provincias . Pero estamos en guerra , y toda mujer tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas abuelas por la bestia agresiva y fuerte . . . Las grandes damas que hace meses complicaban sus deseos con sutilezas psicológicas , admiran ahora al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de línea . Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las hembras de animalidad inferior ante las crestas , melenas y plumajes de sus machos peleadores . ¡ Ojo , maestro ! . . . Hay que seguir el nuevo curso del tiempo ó resignarse á perecer obscuramente : el tango ha muerto . Y Desnoyers pensó que , efectivamente , eran dos seres que estaban al margen de la vida . Esta había dado un salto , cambiando de cauce . No quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y para él , héroe de una vida frívola , que había alcanzado de cinco á siete de la tarde los triunfos más envidiados por los hombres . III La retirada La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida Víctor Hugo . Era una guerra sorda , en la que el enemigo , blando , informe , gelatinoso , parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco más allá sus hostilidades . — Tengo á Alemania metida en casa — decía Marcelo Desnoyers . Alemania era doña Elena , la esposa de von Hartrott . ¿ Por qué no se la había llevado su hijo , aquel profesor de inaguantable insuficiencia , que él consideraba ahora como un espía ? . . . ¿ Por qué capricho sentimental había querido permanecer al lado de su hermana , perdiendo la oportunidad de regresar á Berlín antes de que se cerrasen las fronteras ? . . .
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