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— Es preciso que haya quien me vengue — díjose el moribundo ; y haciendo venir un escribano , dictó su testamento , dejando a aquella arpía por heredera de su fortuna , con la condición de que había de contraer segundas nupcias antes de cumplirse los seis meses de su muerte , y de no verificarlo así , era su voluntad que pasase la herencia a un hospital . Mujer joven , no mal laminada , rica y autorizada para dar pronto reemplazó al difunto — decían los moqueguanos — , ¡ qué gangas de testamento ! Y el dicho pasó a refrán . Y el virrey encontró otras tres rondas , y los capitanes le dieron las buenas noches , y le preguntaron si quería ser acompañado , y se derritieron en cortesías , y le dejaron libre el paso . Sonaron las dos , y el virrey , cansado del ejercicio , se retiraba ya a dormir , cuando le dió en la cara la luz del farolillo de la quinta ronda , cuyo capitán era don Juan Pedro Lostaunau . — ¡ Alto ! ¿ Quien vive ? — Soy yo , don Juan Pedro , el virrey . — No conozco al virrey en la calle después de las diez de la noche . ¡ Al centro el vagabundo ! — Pero , señor capitán . . . — ¡ ¡ Nada ! ! El bando es bando y ¡ a la cárcel todo Cristo ! Al día siguiente quedaron destituidos de sus empleos los cuatro capitanes que , por respeto , no habían arrestado al virrey ; y los que los reemplazaron fueron bastante enérgicos para no andarse en contemplaciones , poniendo , en breve , término a los desórdenes . El hecho es que pasó la noche en el calabozo de la cárcel de la Pescadería , como cualquier pelafustán , todo un don Ambrosio O'Higgins , marqués de Osorno , barón de Ballenari , teniente general de los reales ejércitos , y trigésimo sexto virrey del Perú por su majestad don Carlos IV . NADIE SE MUERE HASTA QUE DIOS QUIERE crónica de la época del trigésimo séptimo virrey del perú I Cuentan que un fraile con ribetes de tuno y de filósofo , administrando el sacramento del matrimonio , le dijo al varón : Ahí te entrego esa mujer : trátala como a mula de alquiler , mucho garrote y poco de comer . Otro que tal debió ser el que casó en Lima al platero Román , sólo que cambió de frenos y dijo a la mujer : Ahí tienes ese marido : trátalo como a buey al yugo uncido y procura que se ahorque de aburrido . Viven aún personas que conocieron y trataron al platero , a quien llamaremos Román ; pues causa existe para no estampar en letras de molde su nombre verdadero . El presente sucedido es popularísimo en Lima y te lo referirá , lector , con puntos y comas , el primer octogenario con quien tropieces por esas calles . La mujer de Román , si bien honradísima hembra en punto a fidelidad conyugal , tenía las peores cualidades apetecibles en una hija de Eva . Amiga del boato , manirrota , terca y regañona , atosigaba al pobrete del marido con exigencias de dinero ; y aquello no era casa , ni hogar , ni Cristo que lo fundó , sino trasunto vivo del infierno . Ni se daba escobada , ni se zurcían las calcetas del pagano , ni se cuidaba del puchero , y todo , en fin , andaba a la bolina . Madama no pensaba sino en dijes y faralares , en bebendurrias y paseos .
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