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El cura de Tintay , que era un venerable anciano , se presentó en la puerta de la iglesia parroquial con un crucifijo en la mano , amonestando a los profanadores e impidiéndoles la entrada . Pero los indios , sobreexcitados por la bebida , lo arrojaron al suelo , pasaron sobre su cuerpo , y dando gritos espantosos penetraron en el santuario . Allí , sobre el altar mayor y en el sagrado cáliz , cometieron sacrilegas profanaciones . Pero en medio de la danza y la algazara , la voz del ministro del Altísimo vibró tremenda , poderosa , irresistible , gritándoles : — ¡ Malditos ! ¡ Malditos ! ¡ Malditos ! La sacrílega orgía se prolongó hasta media noche , y al fin , rendidos de cansancio , se entregaron al sueño los impíos . Con el alba despertaron muchos sintiendo las angustias de una sed devoradora , y sus mujeres e hijos salieron a traer agua de los arroyos vecinos . ¡ Poder de Dios ! Los arroyos estaban secos . Hoy ( 1880 ) es Tintay una pobre aldea de sombrío aspecto , con trescientos cuarenta y cuatro vecinos , y sus alrededores son de escasa vegetación . El agua de sus arroyos es ligeramente salobre y malsana para los viajeros . Entre las ruinas , y perfectamente conservada , encontróse en 1804 una efigie del Señor de la Exaltación , a cuya solemne fiesta concurren el 14 de septiembre los creyentes de diez leguas a la redonda . UNA EXCOMUNION FAMOSA I Tiempos de fanatismo religioso fueron sin duda aquellos en que , por su majestad don Felipe II , gobernaba estos reinos del Perú don Andrés Hurtado de Mendoza , marqués de Cañete y montero mayor del rey . Y no lo digo por la abundancia de fundaciones , ni por la suntuosidad de las fiestas , ni porque los ricos dejasen su fortuna a los conventos , empobreciendo con ello a sus legítimos herederos , ni porque , como lo pensaban los conquistadores , todo crimen e inmundicia que hubiera sobre la conciencia se lavaba dejando en el trance del morir , un buen legado para misas , sino porque la Iglesia había dado en la flor de tomar cartas en todo y para todo , y por un quítate allá esas pajas le endilgaba al prójimo una excomunión mayor que lo volvía tarumba . Sin embargo de que era frecuente el espectáculo de enlutar templos y apagar candelas , nuestros antepasados se impresionaban cada vez más con el tremendo aparato de las excomuniones . En algunas de mis leyendas tradicionales he tenido oportunidad de hablar más despacio sobre muchas de las que se fulminaron contra ladrones sacrílegos y contra alcaldes y gente de justicia que , para apoderarse de un delincuente , osaron violar la santidad del asilo en las iglesias . Pero todas ellas son chirinola y cháchara celeste , parangonadas con una de las que el primer arzobispo de Lima don fray Jerónimo de Loayza lanzó en 1561 . Verdad es que su señoría ilustrísima no anduvo nunca parco en esto de entredichos , censuras y demás actos terroríficos , como lo prueba el hecho de que antes de que la Inquisición viniera a establecerse por estos trigales , el señor Loayza celebró tres autos de fe . Otra prueba de mi aseveración es que amenazó con ladrillazo de Roma ( nombre que daba el pueblo español a las excomuniones ) al mismo sursum corda , es decir , a todo un virrey del Perú . He aquí el lance :
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