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III Un mes después se daba una gran fiesta en palacio en celebración del restablecimiento de doña Francisca . La virtud febrífuga de la cascarilla quedaba descubierta . Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de Leyva bebió , para calmar los ardores de la sed , del agua de un remanso , en cuyas orillas crecían algunos árboles de quina . Salvado así , hizo la experiencia de dar de beber a otros enfermos del mismo mal cántaros de agua , en los que depositaba raíces de cascarilla . Con su descubrimiento vino a Lima y lo comunicó a un jesuíta , el que , realizando la feliz curación de la virreina , prestó a la humanidad mayor servicio que el fraile que inventó la pólvora . Los jesuítas guardaron por algunos años el secreto , y a ellos acudía todo el que era atacado de terciana . Por eso , durante mucho tiempo , los polvos de la corteza de quina se conocieron con el nombre de polvos de los jesuítas . El doctor Scrivener dice que un médico inglés , Mr . Talbot , curó con la quinina al príncipe de Condé , al delfín , a Colbert y otros personajes , vendiendo el secreto al gobierno francés por una suma considerable y una pensión vitalicia . Linneo , tributando en ello un homenaje a la virreina condesa de Chinchón , señala a la quina el nombre que hoy le da la ciencia : Chinchona . Mendiburu dice que , al principio , encontró el uso de la quina fuerte oposición en Europa , y que en Salamanca se sostuvo que caía en pecado mortal el médico que la recetaba , pues sus virtudes eran debidas a pacto de dos peruanos con el diablo . En cuanto al pueblo de Lima , hasta hace pocos años conocía los polvos de la corteza de este árbol maravilloso con el nombre de polvos de la condesa . EL JUSTICIA MAYOR DE LAYCACOTA crónica de la época del décimonono virrey del perú ( Al doctor don José Mariano Jiménez . ) I En una serena tarde de marzo del año del Señor de 1665 , hallábase reunida a la puerta de su choza una familia de indios . Componíase ésta de una anciana que se decía descendiente del gran general Ollantay , dos hijas , Carmen y Teresa , y un mancebo llamado Tomás . La choza estaba situada a la falda del cerro de Laycacota . Ella con quince o veinte más constituían lo que se llama una aldea de cien habitantes . Mientras las muchachas se entretenían en hilar , la madre contaba al hijo , por la milésima vez , la tradición de su familia . Esta no es un secreto , y bien puedo darla a conocer a mis lectores , que la hallarán relatada con extensos y curiosos pormenores en el importante libro que con el título Anales del Cuzco , publicó mi ilustrado amigo y compañero de Congreso don Pío Benigno Mesa . He aquí la tradición sobre Ollantay : Bajo el imperio del Inca Pachacutec , noveno soberano del Cuzco , era Ollantay , curaca de Ollantaytambo , el generalísimo de los ejércitos . Amante correspondido de una de las ñustas o infantas , solicitó de Pachacutec , y como recompensa a importantes servicios , que le acordase la mano de la joven . Rechazada su pretensión por el orgulloso monarca , cuya sangre , según las leyes del imperio , no podía mezclarse con la de una familia que no descendiese directamente de Mango Capac , el enamorado cacique desapareció una noche del Cuzco , robándose a su querida Cusicoyllor .
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