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VIII Nadie supo cómo volvió Tonet á la taberna del difunto Cañamèl . Los parroquianos le vieron una mañana sentado ante una mesilla , jugando al truque con Sangonera y otros desocupados del pueblo , y nadie lo extrañó . Era natural que Tonet frecuentase un establecimiento del que era Neleta única dueña . Volvió el Cubano á pasar allí su vida , abandonando de nuevo al padre , que había creído en una total conversión . Pero ahora ya no se reproducía entre él y la tabernera aquella confianza que escandalizaba al Palmar con sus alardes de fraternidad sospechosa . Neleta , vestida de luto , estaba tras el mostrador , embellecida por cierto aire de autoridad . Parecía más grande al verse rica y libre . Bromeaba menos con los parroquianos ; mostrábase de una virtud arisca ; acogía con torvo ceño y apretando los labios las bromas á que estaban habituados los concurrentes , y bastaba que algún bebedor rozase al tomar el vaso sus brazos arremangados , para que Neleta sacase las uñas , amenazando con plantarlo en la puerta . La concurrencia aumentaba desde que había desaparecido el doliente é hinchado espectro de Cañamèl . El vino servido por la viuda parecía mejor , y las tabernillas del Palmar volvían á despoblarse . Tonet no osaba fijar sus ojos en Neleta , como temiendo los comentarios de la gente . ¡ Ya hablaba bastante la Samaruca , viéndole otra vez en la taberna ! Jugaba , bebía , se sentaba en un rincón , como lo hacía Cañamèl en otros tiempos , y parecía dominado á distancia por aquella mujer que á todos miraba menos á él . El tío Paloma comprendía con su habitual astucia la situación del nieto . Estaba siempre allí por no disgustar á la viuda , que deseaba tenerle bajo su vista , ejercer sobre él una autoridad sin límites . Tonet « montaba la guardia » , como decía el viejo , y aunque de vez en cuando sentía deseos de salir á los carrizales á disparar unos cuantos escopetazos , callaba y permanecía quieto , temiendo sin duda las recriminaciones de Neleta cuando se viesen á solas . Mucho había sufrido ella en los últimos tiempos , aguantando las exigencias del dolorido Cañamèl , y ahora que era rica y libre se resarcía , haciendo pesar su autoridad sobre Tonet . El pobre muchacho , asombrado de la prontitud con que la muerte arreglaba las cosas , dudaba aún de su buena fortuna al verse en casa de Cañamèl , sin miedo á que apareciese el irritado tabernero . Contemplando aquella abundancia , de la que Neleta era única dueña , obedecía todas las exigencias de la viuda . Ella le vigilaba con duro cariño , semejante á la severidad de una madre . — No begues més — decía á Tonet , que , incitado por Sangonera , se atrevía á pedir nuevos vasos en el mostrador . El nieto del tío Paloma , obediente como un niño , se negaba á beber y permanecía inmóvil en su asiento , respetado por todos , pues nadie ignoraba sus relaciones con la dueña de la casa . Los parroquianos , que habían presenciado su intimidad en tiempos de Cañamèl , encontraban lógico que los dos se entendiesen . ¿ No habían sido novios ? ¿ No se habían querido hasta el punto de excitar los celos del cachazudo tío Paco ? . . . Se casarían ahora , tan pronto como pasasen los meses de espera que la ley exige á la viuda , y el Cubano daríase aires de legítimo dueño tras aquel mostrador que ya había asaltado como amante .
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