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Una tarde , tarde como las de mi país , engalanada con nubes de color de violeta y lampos de oro pálido , bella como María , bella y transitoria como fue ésta para mí , ella , mi hermana y yo , sentados sobre la ancha piedra de la pendiente , desde donde veíamos a la derecha en la honda vega rodar las corrientes bulliciosas del río , y teniendo a nuestros pies el valle majestuoso y callado , leía yo el episodio de Atala , y las dos , admirables en su inmovilidad y abandono , oían brotar de mis labios toda aquella melancolía aglomerada por el poeta para « hacer llorar al mundo » . Mi hermana , apoyado el brazo derecho en uno de mis hombros , la cabeza casi unida a la mía , seguía con los ojos las líneas que yo iba leyendo . María , medio arrodillada cerca de mí , no separaba de mi rostro sus miradas húmedas ya . El sol se había ocultado cuando con voz alterada leí las últimas páginas del poema . La cabeza pálida de Emma descansaba sobre mi hombro . María se ocultaba el rostro con entrambas manos . Luego que leí aquella desgarradora despedida de Chactas sobre el sepulcro de su amada , despedida que tantas veces ha arrancado un sollozo a mi pecho : « ¡ Duerme en paz en extranjera tierra , joven desventurada ! En recompensa de tu amor , de tu destierro y de tu muerte , quedas abandonada hasta del mismo Chactas » , María , dejando de oír mi voz , descubrió la faz , y por ella rodaban gruesas lágrimas . Era tan bella como la creación del poeta , y yo la amaba con el amor que él imaginó . Nos dirigimos en silencio y lentamente hasta la casa . ¡ Ay ! Mi alma y la de María no sólo estaban conmovidas por aquella lectura , estaban abrumadas por el presentimiento . Capítulo XIV Pasados tres días , al bajar una tarde de la montaña , me pareció notar algún sobresalto en los semblantes de los criados con quienes tropecé en los corredores interiores . Mi hermana me refirió que María había sufrido un ataque nervioso ; y al agregar que estaba aún sin sentido , procuró calmar cuanto le fue posible mi dolorosa ansiedad . Olvidado de toda precaución , entré a la alcoba donde estaba María , y dominando el frenesí que me hubiera hecho estrecharla contra mi corazón para volverla a la vida , me acerqué desconcertado a su lecho . A los pies de éste se hallaba sentado mi padre : fijó en mí una de sus miradas intensas , y volviéndola después sobre María , parecía quererme hacer una reconvención al mostrármela . Mi madre estaba allí ; pero no levantó la vista para buscarme , porque , sabedora de mi amor , me compadecía como sabe compadecer una buena madre en la mujer amada por su hijo , a su hijo mismo . Permanecí inmóvil contemplándola , sin atreverme a averiguar cuál era su mal . Estaba como dormida : su rostro , cubierto de palidez mortal , se veía medio oculto por la cabellera descompuesta , en la cual se descubrían estrujadas las flores que yo le había dado en la mañana : la frente contraída revelaba un padecimiento insoportable , y un ligero sudor le humedecía las sienes : de los ojos cerrados habían tratado de brotar lágrimas que brillaban detenidas en las pestañas .
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